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De Cómo el Chuchube Aprendió a Cantar - Olimpio Galicia Gómez

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Un día de cualquier semana, de cualquier mes, de un año que hace mucho que ya casi uno no se acuerda, Dios decidió colocar un aviso en lo más alto de una mata. El aviso decía:

 “Atención, a todos los pájaros que quieran
vestirse de colores nuevos, el próximo domingo
estaré en el picacho del cerro de Santa Ana
para ponerle los colores que quieran”

                                                          Dios.
La noticia se corrió por todas partes y la emoción de los pájaros era inmensa. Comenzaron a contar los días, las horas, los minutos hasta que llegó el tan esperado domingo.
Ese día el cielo amaneció más clarito que de costumbre, el cerro de Santa Ana estaba cubierto de flores y los pájaros al volar, para ver cual llegaba primero al picacho, parecían volantines del festival.
Dios estaba allí. Había recogido flores de todos los colores y en unos tobos grandotes fue preparando los colores para pintar a los pajaritos. Se apreciaba el colorido de tal forma que parecía un arcoíris en el suelo.
Comenzaron a llegar los pájaros y el primero de la cola era uno muy grandote, los demás pajaritos decían: “Ey, por orden de tamaño, los más grandes de último”. Pero el pájaro grandote había llegado desde la madrugada y se notaba muy cansado ya que había volado desde el Amazonas, por allá lejos, pues se había enterado lo que pasaría ese día en el cerro, por eso estaba de primero.
Este pájaro era el Tucán. Dios le preguntó: “Amigo Tucán, qué colores quieres para vestirte?” y el Tucán le respondió: “los quiero todos”. Así Dios lo complació y  de varios pincelazos lo pintó de negro, amarillo, rojo y de todos los demás colores.  El Tucán complacido salió contento y volando de nuevo para el Amazonas.
Continuó la jornada y le correspondió el turno al turpial. Dios le hizo la misma pregunta que al Tucán, y éste respondió: “quiero amarillo como el oro y negro como mis noches”. Así el Turpial salió raudo, feliz y hermoso a comerse los datos con su nuevo traje de fiesta.
Siguieron pasando los pájaros y Dios brochazos y brochazos con ellos. El Cardenal pidió rojo como el último color de la bandera. El Gonzalito amarillo y negro para imitar al Turpial y el Judío, por volar tan torpe, cayó en el tobo de pintura negra, de allí lo sacó Dios y lo puso al sol para que se secara.
A las tres de la tarde ya Dios estaba cansado de tanto pintar pájaros. Como a esa hora el Chuchube andaba de rama en rama sin enterarse de nada. Fue cuando vio al Chupaflor tan elegantemente vestido y le preguntó que cómo había hecho para vestirse así tan bonito. Éste le echó el cuento y el Chuchube, desesperado, salió volando remontando la distancia hasta el picacho del Cerro. Cuando llegó allá arriba ya Dios recogía los peroles y limpiaba los pinceles. El Chuchube le pidió que por favor lo pintara de colores nuevos. Dios, rezongando, le dice que ya los colores se agotaron y que además ya él está muy cansado.
Ante esta situación, el Chuchube le implora  que haga un milagro ya que él todo lo puede.
Dios comenzó a raspar los tobos y milagrosamente comenzaron a aparecer los colores, sin embargo le dice al Chuchube que estos colores no alcanzan para pintarlo que se los va a dar para que se los tome. Inmediatamente le abre el pico y le da de beber todos los colores. Cuando terminó le dijo: “Ya puedes irte Chuchubito, anda a adornar las montañas y los campos con tu canto”.
Así es cómo, cada vez que el Chuchube canta, la tierra se viste de alegría y el mundo vuelve a ser feliz.

Fuente:http://encontrarte.aporrea.org/156/creadores/a13016.html

Martes, 18 de Junio de 2013 08:20. Autor: Alfonso Cadalzo Ruiz #. Memorias de América

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