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Edificar el Amor

Edificar el Amor

Otro 14 de febrero que con alegría se le dedica al “Día del Amor y la Amistad”, título más exacto que el añejo “Día de los Enamorados” porque su más actual denominación define un sentimiento universal no restringido al amor en la pareja, sino a ese amor que al decir de Pascal: “es la fuerza que mueve la Tierra”.

Cierto también que, en temas de amor, el corazón tiene razones que la razón desconoce, lo que explica esa simpatía amorosa innata, involuntaria y casi misteriosa que nos provocan ciertas personas, paisajes y hasta animales, plantas y obras del ingenio creativo humano.

Todavía me parece difícil que alguien tenga explicación para esos sentimientos que, apenas sin caer en la cuenta de que están ahí, nos empujan hacia alguien o algo de modo apasionado mediante una entrega despojada del menor interés utilitario.

Existen tantas manifestaciones de amor como formas de amar: a Dios, al universo, a todo lo creado, a la humanidad, a un ideal humanístico o patriótico, a una causa que entrañe en su consecución el bien común, a la persona a cuyo lado desearíamos compartir nuestra vida con todos sus altibajos y venturas.

Esas manifestaciones de amor explican las actitudes de los grandes amantes de la historia, en el más amplio y legítimo sentido del término, esos que han sido y son capaces de consagrar sus vidas a un proyecto o ideal que nada espera a cambio y, en innumerables ocasiones, se les retribuye con indiferencia, la crítica, el olvido o la insuficiente gratitud.

Muy en boga se ha puesto en el mundo la expresión “hacer el amor”, que aduce a la relación íntima y profunda de pareja que no en todos los casos significa entrega mutua y afecto sincero, sino el desahogo de un impulso plenamente biológico o pasional. ¡Cuán bien haría a la Humanidad una rectificación de tal concepto!

¿Será acaso “hacer el amor” una relación violenta, obligada y a veces hasta coercitiva de una unión que una de las partes no desea o no entiende y para la cual no está debidamente preparada? Incluso, ¿es “hacer el amor” unirse carnalmente en una relación de carácter netamente egoísta, de autosatisfacción y mero “gusto por el placer”? ¿Será, tal vez, una relación carnal basada en el engaño o la mentira?

Considero plenamente que la unión física íntima de dos personas es o debiera ser la expresión del amor sincero, liberado de tabúes y prejuicios y estar por encima de todo reflejo y manifestación suprema y “superior” de un sentimiento edificado sobre la base del respeto y del bien común.

Apelo a nuestro hermano mayor José Martí cuando escribió: “Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto”. Exacta definición porque lamentablemente existen cosas a las se les llama “amor” y carecen de la necesaria delicadeza, el respeto y la fina esperanza, como los llamados amores inmerecidos.

Inspirándome en esa máxima del Apóstol confío en que algún día el mundo acepte que el amor desinteresado y despojado del hedonismo egoísta; el amor donde el placer exprese la plenitud de la entrega mutua y se despoje de los fetichismos que “cosifican” a la otra o al otro, se manifiesten como expresión plena de aquello que como la planta se siembra y se riega día tras día sin importar los sacrificios, y que un día hace brotar la flor que poco después da los mejores frutos: ese amor se construye y edifica a diario andando juntos en un “nosotros” el sendero hermoso de la vida.

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