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Día del locutor: Damas y Caballeros del micrófono

Día del locutor: Damas y Caballeros del micrófono

Todos los años el primero de diciembre celebramos el Día del Locutor, ocasión propicia para reconocer el trabajo de hombres y mujeres que un día tras otro, frente a los micrófonos de nuestros medios de comunicación, llevan al pueblo noticias, informaciones de toda índole, esparcimiento y cultura.
Son las voces que en muchas ocasiones durante las veinticuatro horas del día se mantienen como anfitriones de sus radioyentes; son las personas que a diario son recibidas en nuestros hogares como parte de la familia o un miembro más de los colectivos laborales.
La profesión de locutor o locutora – no soy nada adicto a emplear los dos términos, pues el idioma tiene género y no sexo – nació con la Radio. Sin Radio no habría locutores, que mucho después engrosaron los elencos de la Televisión.
Al paso de tanto tiempo transcurrido, podemos afirmar que sin locutores no habría Radio.
Cierto es también que desde la segunda mitad del siglo XX y con fuerza en el actual, ha irrumpido la profesión de comunicador, esas personas que con profundo conocimiento del tema a tratar, sumado al don de gentes, son capaces de hacer efectivo un mensaje, contagiar la radioaudiencia con sus vivencias y hacerla partícipe de sus ideas, si no apoyándolas al menos suscitando el debate y la polémica, factores que proveen de salud a toda sociedad por el mero hecho de comprometer a todos – y todas – en la discusión y toma de decisiones.
Luego de la digresión – necesaria – sigo refiriéndome a la profesión de los locutores, entendida esta como la de personas capacitadas vocal e intelectualmente para difundir los mensajes. Se trata de los locutores “de academia”, “colegiados”, como se desee mejor llamarles, y a ellos los agasajamos hoy.
En la historia de la Radio abundan ejemplos que valen mencionarse; tantos, que prefiero no mencionar siquiera uno para no pecar de omisiones. Lo importante, lo que cuenta, es que en un día como este sentimos la satisfacción de haber contado y contar con personas consagradas a este quehacer, y que lo han hecho y hacen con plena dedicación, elegancia y compromiso. Ellas y ellos son en toda la extensión de la palabra: Damas y Caballeros del micrófono.
El tiempo transcurre y siempre hay relevos, quienes honrando a sus predecesores, mayoritariamente siguen su ejemplo – sin imitaciones, porque esas sí funestas – exhibiendo y practicando las cualidades esenciales de  la profesión. Los locutores son personalidades de la cultura, figuras de importancia social, y basta la visita de uno de ellos a cualquier actividad pública para notar el afecto y la admiración que les profesan los demás. Eso no es un mérito adquirido por espontaneidad, ni por el título académico, y mucho menos hereditario. Es un mérito que se obtiene y gana desde la consagración al trabajo.
Un locutor – una locutora – es ante todo un ser humano de su tiempo, consecuente con su época y estrechamente comprometido con la sociedad. El traje de locutor no es de los que se dejan a un lado al salir del Estudio de transmisión. Se es locutor dentro y fuera de la emisora. Se sigue pensando, hablando y actuando igual que en el trabajo en el hogar, entre sus seres más queridos y en el vecindario.
La locución es, además, un compromiso a plenitud con la superación cultural; los mejores locutores no esperan la convocatoria de un curso, ellos lo procuran de alguna manera, en primer lugar porque son aliados de la lectura y del contacto con personas de todos los oficios, profesiones y estratos sociales. Recuerdo que siendo muy joven veía a un viejo locutor, en sus turnos de cabina, siempre con un libro a mano; me decía que no se perdonaría el mes en que no leyera, por lo menos, un buen libro.
Ejemplo como el mencionado constituye modelo de conducta para los profesionales de la palabra. Esa categoría de locutores son capaces de entablar un diálogo con cualquier persona; poseen un vocabulario rico y gozan de elocuencia sin límites.
El mundo de hoy admira junto a una voz agradable de dicción y entonación impecable, mente y corazón que vibren y latan al unísono de cuanto se expresa. Es lo que se llama “tener bomba” en el mejor cubano.
Ahora que celebramos otra vez el Día del Locutor vale hacerlo como siempre, evocando a quienes precedieron a la actual generación, tanto como satisfechos por los que hoy cumplen esa misión social. Vale igualmente señalar que la locución, como toda actividad de nuestros medios, constituye más que un medio de vida un modo de vida, con la plenitud que aporta el servicio para el bien común.

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