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Edificar el Amor

Edificar el Amor

Otro 14 de febrero que con alegría se le dedica al “Día del Amor y la Amistad”, título más exacto que el añejo “Día de los Enamorados” porque su más actual denominación define un sentimiento universal no restringido al amor en la pareja, sino a ese amor que al decir de Pascal: “es la fuerza que mueve la Tierra”.

Cierto también que, en temas de amor, el corazón tiene razones que la razón desconoce, lo que explica esa simpatía amorosa innata, involuntaria y casi misteriosa que nos provocan ciertas personas, paisajes y hasta animales, plantas y obras del ingenio creativo humano.

Todavía me parece difícil que alguien tenga explicación para esos sentimientos que, apenas sin caer en la cuenta de que están ahí, nos empujan hacia alguien o algo de modo apasionado mediante una entrega despojada del menor interés utilitario.

Existen tantas manifestaciones de amor como formas de amar: a Dios, al universo, a todo lo creado, a la humanidad, a un ideal humanístico o patriótico, a una causa que entrañe en su consecución el bien común, a la persona a cuyo lado desearíamos compartir nuestra vida con todos sus altibajos y venturas.

Esas manifestaciones de amor explican las actitudes de los grandes amantes de la historia, en el más amplio y legítimo sentido del término, esos que han sido y son capaces de consagrar sus vidas a un proyecto o ideal que nada espera a cambio y, en innumerables ocasiones, se les retribuye con indiferencia, la crítica, el olvido o la insuficiente gratitud.

Muy en boga se ha puesto en el mundo la expresión “hacer el amor”, que aduce a la relación íntima y profunda de pareja que no en todos los casos significa entrega mutua y afecto sincero, sino el desahogo de un impulso plenamente biológico o pasional. ¡Cuán bien haría a la Humanidad una rectificación de tal concepto!

¿Será acaso “hacer el amor” una relación violenta, obligada y a veces hasta coercitiva de una unión que una de las partes no desea o no entiende y para la cual no está debidamente preparada? Incluso, ¿es “hacer el amor” unirse carnalmente en una relación de carácter netamente egoísta, de autosatisfacción y mero “gusto por el placer”? ¿Será, tal vez, una relación carnal basada en el engaño o la mentira?

Considero plenamente que la unión física íntima de dos personas es o debiera ser la expresión del amor sincero, liberado de tabúes y prejuicios y estar por encima de todo reflejo y manifestación suprema y “superior” de un sentimiento edificado sobre la base del respeto y del bien común.

Apelo a nuestro hermano mayor José Martí cuando escribió: “Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto”. Exacta definición porque lamentablemente existen cosas a las se les llama “amor” y carecen de la necesaria delicadeza, el respeto y la fina esperanza, como los llamados amores inmerecidos.

Inspirándome en esa máxima del Apóstol confío en que algún día el mundo acepte que el amor desinteresado y despojado del hedonismo egoísta; el amor donde el placer exprese la plenitud de la entrega mutua y se despoje de los fetichismos que “cosifican” a la otra o al otro, se manifiesten como expresión plena de aquello que como la planta se siembra y se riega día tras día sin importar los sacrificios, y que un día hace brotar la flor que poco después da los mejores frutos: ese amor se construye y edifica a diario andando juntos en un “nosotros” el sendero hermoso de la vida.

Siete Veinte y ¡va la bola!

Siete Veinte y ¡va la bola!

Según nos hacemos menos jóvenes, empezamos a evocar episodios que en su momento representaron poco para nosotros. La intrascendencia de lo cotidiano es propia de esos años cuando nada – o casi nada – nos importa; al menos en cuanto a las consecuencias que pudieron acarrear. Eso acontece bastante en la adolescencia y juventud; mucho más durante la niñez. Si bien alguna que otra bellaquería nos cuesta un fuerte regaño de papá o mamá, la mirada de “pocos amigos” de ciertas personas mayores, y hasta la risa por considerar al nene “tan simpático”, todo no es más que un viejo recuerdo a veces ruborizante como eso de tan chiquito enamorarse uno de cierta vecina que al paso de los años y volver a verla nos embargue la zozobra de pensar cómo la otrora ninfa se tornó anciana ante la cual volteamos el rostro avergonzados. Situaciones así pueden sucedernos a todos como fruto de la imaginería parvuliana.

Resulta que no he olvidado un episodio – simpático para mí, quizá irritante para otros – y me decido a contarlo. Tal vez quienes lean se animen y me escriban para publicarles el suyo, algo que haría gustoso, si no por convertirme en difusor, al menos para que me sirva de alivio al caer en la cuenta de que “todos hacemos alguna vez un maldad”, a pesar de que tal vez sintamos pena contarla.

Corría en mi Cienfuegos natal que tanto quiero la década de los 50s, y quien escribe tendría entonces, a lo sumo, poco más de cinco años de edad. Cubanos al fin y al cabo, a mis padres les encantaba de cuando en vez jugar la lotería española, aquella de los cartoncitos, en la que la gente había modalidades como “ambos”, “ternos”, “pinta esquina” y cosas por el estilo. El actual cabaret “Costa Sur”, a la entrada del malecón de la Perla del Sur, dando un giro a la derecha por la calle Campomanes y Prado, se llamaba entonces el Pan American. Aquel nombre se debió a que allí la aerolínea norteamericana homónima contaba con un aeropuerto marino. Los hidroaviones de la Pan American procedentes del sur de la Florida – jamás llegué a ver uno de ellos - acuatizaban en ese lugar tan pintoresco. Allí había un bar, un restaurante y un salón de juegos donde Mario, esposo de una de mis tías, administraba parte del negocio junto a un señor de apellido Rosquete, copropietario del casino.

Cada vez que se daba la ocasión, y algo de dinero, mis padres tomaban la guagua (ómnibus) urbano de la ruta Sanatorio – que hacía un eficiente recorrido por toda la ciudad por cinco centavos – para llegarse hasta el Pan American a jugar lotería. Niño en brazos llegaban, se agenciaban sus cartones y se ponían a jugar ensimismados mientras yo quedaba medio que aburrido, sentadito en uno de los grandes bancos de caoba pintados de color verde limón.

Cierta noche, yo algo majadero por el aburrimiento, pedía granitos de maíz para hacerme la idea de que también participaba en el juego de azar. Una persona de las muchas participantes se acercó a mi obsequiándome unos granitos de maíz que yo muy entusiasmado iba poniendo encima del banco según  cantaban los números. Para aclarar más, en aquella lotería según se cantara un número que estuviera en el cartón del jugador, el participante lo tapaba con un granito de maíz. Quien primero llenara los números de sus cartones daba un manotazo sobre la mesa al tiempo que gritaba: ¡lotería! Acto seguido iba hasta allí el encargado de supervisar, llamado Alguacil, y comprobaba si era cierto que la persona había ganado. De confirmarse, le pagaban su parte; si no era verdad, hasta podía ser expulsada del juego.

En aquel tiempo había un señor llamado Juan que cantaba los números en voz alta según sacaba las bolas numeradas de un recipiente de cuero en forma de botella larga; Juan también cantaba la lotería en el antiguo Casino Español, hoy Museo Provincial de Cienfuegos.

Al comenzar una tanda, Juan decía en voz alta: ¡Siete veinte y va la bola!, aduciendo el precio que cada jugador debía pagar previamente por su participación.El Alguacil de entonces, un señor de bigote claro y muy sonriente a quien todos conocían por el apodo de Pirulí, daba constantes vueltas por la sala. En una de esas, al cierre de una tanda, Pirulí se me acerca y me pregunta: - “Bueno, ¿y qué? ¿Cuándo ganas tú?” – A lo que le respondí: -“Me falta el ocho para ganar”- Nada, la ocurrencia de un niño de poco más de cinco años.

Empezó una nueva tanda; otra vez Juan con: ¡Siete veinte y va la bola! Como a los quince minutos salió el ocho y, sin prisa ni pausa, el niño que era yo entonces metió un tremendo manotazo sobre el banco de madera y  gritó desaforado ¡lotería! Acto seguido se armaron el desasosiego y la curiosidad por conocer al afortunado, ya que personas que casi tenían sus tableros casi completados a punto de ganar, habían removido sus granitos de maíz.

Al percatarse de quién había sido el triunfador, el salón se vino abajo en risas, mientras que yo le exigía a Pirulí que me pagara; por supuesto que no demoró el regaño de mis padres, ni sus excusas a los presentes por la ocurrencia del niño.

Al correr por la ciudad el hecho, hasta cuando me subía en la guagua los chóferes me decían riendo: “el ocho, Juan, el ocho”. Y yo les miraba enojado porque Pirulí todavía no me pagaba.

No tardaron en tomaron medidas para impedir el acceso de menores al Pan American, especialmente a la sala de juegos; pusieron policías a cuidar aquello que metían miedo, no podía entrar ningún niño o niña, incluso con sus padres... ¡excepto yo! Al parecer, pienso yo, un modo de retribuirme la “victoria” en aquel juego de azar. Más bien consentirle la bellaquería a un niño atrevido. Solo que al llegar alguien me tomaba de la mano llevándome al restaurant para darme papitas fritas y Coca Cola.

Imagino que fue así, de cierta manera, que pagaron con golosinas mi travesura.Duró mucho tiempo aquello de: “el ocho, Juan, el ocho”, a lo que yo respondía riéndome: - “¡Siete veinte y va la bola!" -

De los más asiduos con aquella broma recuerdo a Miñoso, chófer de la ruta Sanatorio, a León y al Curro Acevedo, expedidor de las guaguas de Caunao en Calzada y Medio. 

Me parece que solamente sobrevivo yo para contarlo, y la moraleja de que no siempre quien la hace la paga.

Participación e inclusión en la radio

Participación e inclusión en la radio

Acabo de leer los dos valiosos artículos de la colega Ana Teresa Badía sobre la participación en la radio. Se trata de una valoración exhaustiva de lo que puede y debe ser este medio tan maravilloso por su inmediatez y riqueza de recursos.
Comienza con una reflexión de cómo el teléfono fue una de las principales vías para popularizar la participación de la audiencia radial; sumemos al teléfono las innumerables cartas y telegramas, aunque estos nunca con la dinámica del primero.
La era digital y el aporte del llamado periodismo ciudadano a través de las redes sociales constituye un desafío a las formas tradicionales de información, periodismo y radiofonía; avance que lamentablemente ha provocado drásticas reducciones presupuestarias en las transmisiones de onda corta que unían a seres de latitudes distantes.
En un mundo digitalizado, incluyendo los países con elevado nivel de desarrollo, el acceso a Internet  continúa siendo inasequible para centenares de millones de personas que por razones obvias no pueden sacrificar el estrecho presupuesto alimentario para dedicarlo a la Red de Redes. Se trata de una paradoja mundial del desarrollo, cuando la mayor parte de las riquezas va a manos de unos pocos.
Los menos favorecidos económicamente podían enterarse –  aunque parcialmente - del mundo que les rodea gracias a la radio de onda corta. Hoy viven más enajenadosque antes, mientras los soñadores de la digitalización se enternecen encima de una nube mágica acolchonada de ilusiones.
La radio, por naturaleza, es participativa, afirman los más encumbrados estudiosos del medio.La radio, por naturaleza, es participativa, afirman los más encumbrados estudiosos del medio.La radio, por naturaleza, es participativa. Así fue en sus inicios, pese a las limitaciones tecnológicas inherentes a la época de su surgimiento; hasta que la publicidad comercial y la profesionalización de sus ejecutores, poco a poco, desdeñaron lo medular de esa esencia en nombre de la complejidad. La radio primada fue también esencialmente comunitaria, diseñada para  satisfacer inquietudes y necesidades locales.
Nuestra radio desde hace buen tiempo – y ahora más – trabaja por recobrar, ampliar y fortalecer su naturaleza participativa. Sin embargo, reconozco que es una laboral tiempo que encomiable, sumamente complicada. No inalcanzable, pero sí difícil y de progreso gradual.
El carácter participativo que requiere nuestra radio depende, en primer lugar, de un cambio de mentalidad de sus actores internos y externos. Sabemos que la radio por décadas ha sido merecedora de un reconocimiento y respeto tales, al extremo de que resulta incómodo para muchos emitir cuestionamientos acerca de ella, y para otros – desde dentro - aceptarlos.
Algunos públicos se acostumbraron a admitir que algo es cierto e infalible porque se dice a través de la radio, y muchas veces ha sido así. Esto no deja de ser acicate como reflejo del elevado nivel profesional logrado, pero al mismo tiempo ejerce efectos de cierto modo paralizantes en cuanto a la posibilidad de probar a insertarse en el debate difiriendo del criterio emitido por el medio.
Algo más por vencer es el sentido de verticalidad que ha caracterizado muchas veces al mensaje radial y, por extensión, de la información suministrada a los públicos. Durante mucho tiempo, desde que la radio asumió carácter comercial y luego de orientadora político-social, se establecieron – primero - relacionesanunciante-consumidor y luego sujeto-objeto; esto, en algunos casos, coyunturalmente necesario por la realidad histórica, pero evidentemente con la tendencia a enquistarse e impedir nuevas fases de desarrollo.
El radialista llegó a sentirse alfarero, al tiempo que el público sintió – y admitió cómodamente y de buena gana – ser la arcilla. El papel de la radio educadora, orientadora, informadora y depositaria de la verdad social, política, histórica y económica de una época, de cierta manera ha puesto involuntariamente valladares a una manifestación plena del componente participativo. 
Esos obstáculos no se superan de la noche a la mañana.
Es importante el cambio de mentalidad de todos los radialistas y del público, al tiempo de caer en la cuenta de que una participación plena y activa a la cual se tiene legítimo derecho y es deber ciudadano, deviene posible y necesaria sin que por ello se transgreda en lo más mínimo la dignidad que implica el ejercicio de la profesión. 
Es premisa modificar el estilo de pensamiento que asume que el medio “se las sabe todas”; que “somos los más y mejor informados” y que el aporte de los públicos externos solo es lícito mediante una más que otra tímida y muy pensada opinión, solicitar algún favorito, o el desgastado agradecimiento “por la buena labor que están realizando”.
Cierto es que la radio ha ganado su prestigio en buena parte por sus cualidades y virtudes ya mencionadas, lo que no implica que los actores que están del otro lado del radiorreceptor también posean “su propia sabiduría”, “su visión de la verdad”, “su criterio propio”  - tampoco infalible - sin someterse a la espera de que el locutor o el productor dé el visto bueno de si sus planteamientos, sean o no válidos, o en el peor de los casos merecedores de una desacreditación pública o desatención intencional.
Contamos con la suficiente capacidad creadora para revertir la verticalidad, no solamente de la radio, sino de los demás Medios de Difusión Masiva y hacerlos más participativos en la dimensión que con excelente agudeza apunta Ana Teresa. Nuestra dinámica social cuenta con las posibilidades y los resortes suficientes para que ello sea viable.
Tal vez haya que reinventar muchas cosas en la radio; renovar paradigmas o, siendo más exactos, ponerlos en su justo lugar. Lo participativo a la radio le corresponde por naturaleza; pero el cambio real comienza por las neuronas de todos: radialistas y públicos, en el reconocimiento de su condición y derecho de actores en condiciones de igualdad y respeto.

La locución: imagen de la Radio

La locución: imagen de la Radio

Este primero de diciembre celebramos una vez más en Cuba el Día del Locutor. En cada una de estas ocasiones escribo algo acerca de la fecha por tener la convicción de que estos profesionales de la palabra son acreedores de un elogio que nunca alcanza la altura de lo que merecen. Esta vez no pretendo seguir los caminos trillados del elogio ni de la complacencia "efemeridicista" - ¡vaya con ese neologismo! - que lamentablemente muchas veces se torna para nosotros en vocablo hueco que contrario a adjudicarle a cada hecho o conmemoración su genuina trascendencia tiende a tornarse retórica diletante y aburrida.

A la luz de cierta experiencia vivida, aunque convencido de que no la suficiente, prefiero reflexionar acerca de la función de la locución en cualquier sociedad - no solo la nuestra - como coadyuvante en la formación de valores a la par que difusora de informaciones de todo género.

En primer lugar, las locutoras y los locutores - respetando la válidad cortesía de género - constituyen paradigmas de toda sociedad; significa que son puntos de referencia en cuanto a modos y modas, motivación para el análisis y catalizadores para el ejercicio sano de la inteligencia. Al menos así resulta en la mayoría de los casos, salvo aquellos donde la profesión u oficio (ambos términos plenos de dignidad) se ciñe a la superficialidad y búsqueda de protagonismos enajenantes.

Si repasamos la historia de la Radio en cualquier parte del mundo, caeremos en la cuenta de que el medio nació en primera instancia con un micrófono, un transmisor y una voz. En sus orígenes la Radio desconocía la existencia de productores o directores de programas, guionistas, realizadores de sonido o de la criollísima invención del asesor. En las primeras transmisiones el único componente humano era el locutor o la locutora que hacía las funciones de operador de audio. Aplaudiendo el desarrollo y la complejidad del medio, fue que gradualmente aparecieron los demás actores. En un primer paso los locutores respiraron profundo con la aparición de los operadores de audio, quienes evolutivamente complejizaron su quehacer, muchos de ellos, hasta convertirse en realizadores de sonido, seres de talento capaces de hacer maravillas con los efectos sonoros, la música y el silencio.

Los locutores fueron los primeros guionistas; llevaban el guion en su mente, y la cotidianidad les proveyó cada vez más las herramientas para buscar y encontrar formas de expresión comprensibles para un mayor número de personas. Fueron, a la vez, productores musicales: ellos mismos confeccionaban las listas de música con balance de géneros y amplio conocimiento de intérpretes y autores. Jamás han sido infalibles, es cierto, pero son numerosos los ejemplos de quienes llegaron a ser, y son, personalidades de la radiodifusión.

En cualquier estación de radio, son las locutores y locutores quienes le adjudican un rostro humano. Aclaro que no he sido ni soy locutor, y por ello me siento en una condición más cómoda para expresarme de este modo. A todos los demás radialistas se les respeta y admira, pero son los profesionales de la palabra, con la cotidianidad de sus voces, los de mayor reconocimiento social. Pudiera decir que los locutores son la punta del iceberg en cada medio de comunicación; son la parte visible, y por ello los más socialmente admirados.

Paradójicamente, en cualquier país del mundo - incluyendo al nuestro - son también los menos retribuidos en el orden monetario, y lo digo no por un encriptado culto al dinero, sino porque el grado en que se aporta a una función, sea cual fuere, debe traducirse en una retribución justa y equilibrada. La calidad y la excelencia debieran reflejarse, además, en la retribución. Negarlo sería caer en concepciones aberrantes. Ese aspecto deberá ir siempre en correspondencia con el nivel profesional, la complejidad de lo que se hace, así como de los valores y la imagen social proyectada.

Es un quehacer donde se juntan el talento, la fisiología y el arte.

Hoy que nuestro país demuestra su auténtica e irreversible naturaleza revolucionaria, cuando junto con la valentía y firmeza de nuestra más alta dirección nos disponemos a poner cada cosa en su justo lugar, considero que nuestras locutoras y locutores deben ser tenidos en cuenta como prioridad cardinal para un reconocimiento material a la misma altura del que moralmente reciben.

Estas compañeras y compañeros que a cada instante son voz de la Patria, del Pueblo y de su Revolución, justamente lo merecen.

¡Muchas Felicidades en su Día!

Tradiciones Mexicanas: El Encendido del Alumbrado Patrio

Tradiciones Mexicanas: El Encendido del Alumbrado Patrio

En septiembre México es una fiesta. Antes del arribo del noveno mes del año ya se ven por las calles los expendios de motivos mexicanos, desde banderas de distintos tamaños hasta artesanías alegóricas a la identidad de este hermano país.Siete días exactamente antes de la celebración del Grito de Dolores, que en 1810 diera inicio a la guerra por la Independencia mexicana, en todas las plazas de la nación tiene lugar una ceremonia original, lo que ellos llaman: “Encendido del Alumbrado Patrio”. Tuve la oportunidad de presenciarlo por primera vez en mi vida, y su escenario fue la Plaza de Armas de la ciudad Victoria de Durango, amplia instalación – a lo que en Cuba llamamos parque – que abarca una manzana en su pleno centro histórico, abarcando desde las avenidas “20 de Noviembre” y “5 de Febrero” y las calles “Juárez” y “Corredor Constitución”. Antes de la ceremonia, la Plaza de Armas, colmada de público, vibró con la amenidad musical de alumnos de la Escuela de la Música Mexicana del Estado de Durango, institución que fundó y dirige la Mtra. Lilia Santaella, amiga de Cienfuegos y de Cuba. Al sonido del Mariachi Juvenil, los bailes regionales del grupo de Danza de la Escuela de la Música Mexicana y las interpretaciones del grupo Voces de Durango, los allí presenten cantaron y corearon piezas musicales que simbolizan la identidad de México. La Verbena contó con el auspicio del Instituto Municipal de Arte y Cultura (IMAC).Poco después de las 8 de la noche arribó la comitiva de autoridades del gobierno, encabezados por el Dr. Esteban Villegas Villarreal, recién electo Presidente Municipal, ya en funciones desde el pasado 1° de septiembre. Tras emotivas palabras con alto sentido patriótico, el Dr. Villegas recordó a los presentes que las Fiestas Patrias sirven para recordar a las mexicanas y los mexicanos “quiénes son y de dónde vienen”, así como su compromiso con los más necesitados.Momentos después se apagaron todas las luces del alumbrado público de la Plaza de Armas, quedando totalmente a oscuras con las solas luces de tres reflectores que enfocaban una escenificación de personas que representaban a los patriotas Miguel Hidalgo, José María Morelos y Leona Vicario. Minutos más tarde, de improviso y para emoción de los presentes, cobraron luz 320 piezas alegóricas a la nacionalidad mexicana y cerca de allí ya se podía vislumbrar radiante el símbolo del águila sobre el nopal mordiendo a la serpiente, emblema que aparece al centro del pabellón nacional de México. Desde antes un juego de luces en movimiento provocaba un radiante efecto sobre todo el frente de la Catedral, localizada frente a la Plaza de Armas en plena Avenida “20 de Noviembre”. Tras las luces de los emblemas empezó toda lluvia de fuegos artificiales con los colores verde, blanco y rojo de la bandera mexicana.En aquel preciso momento se pusieron en marcha, igualmente iluminados, dos relojes florales: uno de ellos en el bulevar “Dolores del Río”, y el otro en el Bulevar “Felipe Pescador”. Vale decir que las 320 luminarias alegóricas se extienden a lo largo y ancho de la ciudad. Allí en medio de tanto fervor patriótico de mexicanas y mexicanos se mencionó el significado de los colores de su bandera: el verde que simboliza la esperanza; el blanco, la pureza; el rojo, símbolo de la pasión heroica de todos los héroes de la Independencia. Durante el “Encendido del Alumbrado Patrio” las mexicanas y mexicanos dejan a un lado sus diferencias y miran juntos lo que les une como hijos de la tierra que les vio nacer. Ahora queda pendiente la celebración culmen del mes patrio: el Grito, que tradicionalmente en cada municipio mexicano tiene lugar en la noche del 15 de septiembre, y que recuerda la madrugada cuando Miguel Hidalgo declaró solemnemente que México es una nación independiente.

Julián tendrá siempre 30 años

Julián tendrá siempre 30 años

Aquel jueves 5 de septiembre de 1957 aún no despuntaba el Sol cuando Julián, vestido con su uniforme de marinero se disponía a partir para Cayo Loco, en lo que parecía ser otra jornada rutinaria.Se despidió de su esposa y fue a la cuna donde dormía su pequeña hija, próxima a cumplir los tres años, se inclinó hacia ella, besó su frentecita y mucho llamó la atención de su joven pareja que cuando él se disponía a salir regresó y volvió a mirar con ternura a su niña. Luego abrió la puerta de su pequeño apartamento de Punta Cotica, sin imaginar o tal vez presintiendo que no regresaría más.Julián Orestes Chaviano González nació el 28 de enero de 1927 en una casita de Barajagua, zona rural próxima al municipio de Cumanayagua, en la antigua provincia de Las Villas. El más joven de varios hermanos se trasladó poco después a Cienfuegos, lugar donde sus padres decidieron marchar buscando mejores oportunidades económicas. Creció en una vivienda aledaña a la Calzada de Dolores, y tuvo que limpiar zapatos y vender periódicos para sobrevivir, pues la orfandad lo sorprendió muy temprano.Como tantos jóvenes de su época que no encontraban trabajo, decidió incorporarse a la Marina de Guerra varios años antes del fatídico cuartelazo batistiano de 1952. Como su generación entendió lo ilegal y brutal del hecho, pero al igual que muchos compañeros de armas, al menos circunstancialmente, tuvo que permanecer en silencio.El 5 de septiembre de 1957, al salir de su apartamentico y dejar en él a su esposa y su pequeña hija, Julián, con 30 años cumplidos entró en la historia de la Patria para incorporar su nombre a la lista de sus héroes y mártires.Desde entonces solo se supo de él, de un furtivo encuentro en el anochecer de la gesta de marinos y civiles cienfuegueros, cuando mientras patrullaban el capitán de la Cruz Roja Roberto Fortún Fargas y el también miembro de dicho cuerpo Alfonso Sust Valdespino, se oyó desde la cama de un camión una voz que gritó: “Alfonsito, dile a mi hermano Oscar que estoy vivo y que me hicieron prisionero”.El amigo trató de conversar más con Julián, pero la soldadesca batistiana se lo impidió. Horas más tarde, después de la medianoche, el mismo camión con varios revolucionarios prisioneros puso rumbo a la antigua Jefatura de Policía ubicada entonces en el edificio el Ayuntamiento (sede hoy del Poder Popular Provincial), frente al emblemático Parque Martí.Momentos después allí mismo se escuchó un ensordecedor ruido de ametralladoras. Los miembros de la Cruz Roja intentaron penetrar, pero los esbirros del Tercio Táctico de Matanzas se lo impidieron.Julián y varios de sus compañeros revolucionarios miembros del Movimiento 26 de Julio cayeron asesinados alevosamente. El luto se apoderó de casi todos los hogares cienfuegueros porque el dolor por tanta sangre derramada fue más que razón de duelo hasta para quienes no perdieron ningún familiar.El pueblo de Cienfuegos escribió aquel día una página gloriosa; muchos de sus más valerosos hijos entregaron su preciosa sangre para acrecentar el color rojo que rodea la estrella solitaria de nuestra enseña nacional.Los mártires no perdieron sus vidas: la ofrendaron a la Patria. Desde aquel día Julián Orestes Chaviano González tiene para siempre 30 años.

CMHW: Machado González y la Radio que ama

CMHW: Machado González y la Radio que ama

En CMHW la Reina Radial del Centro todos conocen, respetan y admiran a Machado González; sentimientos igualmente manifestados por el público que desde hace décadas escucha los programas que ha dirigido y varios que todavía escribe.
Tal vez pocos sepan – entre el auditorio – que se llama Mauricio José, aunque le queda artísticamente bien haberse dado a conocer por sus apellidos.
Mauricio José Machado González es un profesional de la Radio Cubana que ama su labor; tanto, al extremo de que luego de su jubilación sigue colaborando de diversas maneras con la radioemisora que tanto ama.
Lo conocí personalmente a mediados de los 80s cuando iniciándome como director de programas en la plantilla de Radio Ciudad del Mar visité CMHW a sugerencia de Fabio Bosch Jr para solicitar su ayuda en varios temas instrumentales para mis espacios.
Le hablé por teléfono y tan pronto llegué a Santa Clara ya estaban listas varias cintas con las piezas. Desde aquel momento me percaté de que unido a su vocación por el medio radial también prevalece un carácter amistoso, solidario y de servicio. Este radialista admirable desconoce el egoísmo.
Para él, como para la mayoría de los buenos radialistas, la llegada a este medio no resultó cosa fácil. Nacido el 22 de septiembre de 1939 en el municipio de La Esperanza, antes de poder convertirse en plantilla de CMHW laboró como Auxiliar de Contabilidad en su pueblo natal y, posteriormente en las oficinas de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) del municipio de Cruces. Luego en Santa Clara las esferas Ideológica y de Organización de la misma entidad campesina, esa vez a nivel provincial.
Desde 1961 empezó a colaborar en la Radio como locutor y productor de programas, en aquellos tiempos en la CMHK de Cruces. Fueron aquellos años siempre bien recordados por quienes los vivieron, cuando hacer Radio era una pasión despojada del menor afán monetario.
Actualmente su labor en la Radio acumula poco más de medio siglo, tiempo dedicado a labores en la locución, producción, dirección y la escritura de guiones. Una vez fue designado Subdirector Provincial de Programación, Divulgación y Música en el Sistema Provincial de la Radio en Villa Clara.
Me ha comentado que desde los años 50s le nació la vocación hacia la Radio, entonces cuando era solamente un oyente habitual; aquel interés, pronto convertido en pasión, lo llevó a visitar varias emisoras en Santa Clara, donde realizó sus pininos. De aquellos tiempos recuerda la Radio Base – como llamamos en Cuba a servicios de radio no transmitidos, sino reproducidos por sistemas de amplificación - de su municipio natal (La Esperanza).
Como hombre que suma a sus virtudes la gratitud, siempre recuerda y menciona nombres de radialistas que le dieron la mano en sus comienzos; así rememora a Orlando Pérez González en la Radio Base de La Esperanza y a Fabio Bosch García, destacado locutor y director de programas de CMHK en Cruces y posteriormente en la propia CMHW.
No todo en su vida radial ha sido color de rosa. Como muchos ha padecido la incomprensión de algunos directivos que en determinados momentos – los menos, por suerte, según afirma – no entendieron sus proyectos o algunos temas en discusión.
De amor sin medida por su profesión entre lo que más le preocupa cuentan la coherencia y disciplina que deben reinar en cada colectivo de programa. Está convencido de que resulta imposible alcanzar una buena realización, independientemente del talento de sus miembros.
Su estilo de trabajo se ha caracterizado por la exigencia constante y el propósito de aprender algo nuevo cada día para así mejorar su condición empírica inicial.
Muchos años tuvo a su cargo el guion y la dirección del programa "Mañanitas Mexicanas", así como "De Nuestra América", y otros especializados en la música cubana. Quise conocer sus motivaciones acerca de estos géneros de programas, y me respondió textualmente:
- Yo creo que esto se debe a un concepto de identidad cultural, nosotros somos un gran pueblo del Bravo a la Patagonia y me parece que ese sentido que nos identifica a todos como latinoamericanos se ha impregnado en el caso mío en la difusión de esta música, de sus costumbres, de sus valores, su geografía, su historia, y realmente yo me he sentido muy bien haciendo este tipo de programas en los cuales he alcanzado cierta especialización. En el caso de la música cubana, un espacio que nosotros creamos llamado "La isla de la música" en el cual se destacan nuestros ricos valores, géneros desde el Son, el Danzón, el Bolero, el Cha Cha Cha, el Mambo y los ritmos más contemporáneos, todo esto con entrevistas a intérpretes y autores, y a todo el que tuviera que decir algo en relación con la música cubana.
Machado González es también un formador de nuevas generaciones de radialistas, profesión para la que se debe contar con ciertas cualidades. Y confirma en este diálogo con el Portal de la Radio Cubana:
- Yo pienso que en primer término, la vocación, el interés por superarse y el talento, son indispensables para ser un radialista. Deben desarrollarse a tono con los tiempos que vivimos y nunca creerse que se las saben todas. Siempre se puede aprender algo más en un medio tan rico y tan diverso como este. No podemos seguir haciendo la misma Radio de los 50s y décadas posteriores, eso sí: aprovechar los elementos positivos e incorporar los novedosos para hacer un producto consecuente con nuestro tiempo.
En relación con la importancia del guion en la radio expresó:
- Considero que el guión es fundamental, defiendo el concepto de guión, pero a la hora de hacer un guión trabajo primero con la música y a partir de ella vienen las ideas para hacer el guion, trabajar con el guión que debe de ser comunicativo, no denso, tener la agilidad necesaria y despertar el interés en los oyentes, ya sea con un solo locutor o mediante el diálogo de locutores entre sí y con el público. Y siempre hay que buscar el punto de interés para que siempre pueda ser audible.
Este profesional de primera línea ha participado como profesor en cuatro cursos con más de 50 alumnos quienes hoy se desempeñan como directores de programas de radio en emisoras de Villa Clara.
Mauricio José Machado González ha recibido reconocimientos a su virtud profesional, entre ellos "Artista Distinguido de la Cultura", "Medalla Raúl Gómez García", "Sello 85 Aniversario de la Radio Cubana", "Premio Rolando Rodríguez Frenes por la Obra de la Vida" y un Reconocimiento de la Asociación Cubana de Derechos de Autores Musicales por la difusión en la Radio de la música cubana. Un aval más que suficiente para afirmar cuanto ama a la Radio Cubana y le ha entregado este eminente radialista de la central provincia de Villa Clara.

Los colectivos radiales y su comunicación interna

Los colectivos radiales y su comunicación interna

Desde hace años se insiste en la realización eficaz de las reuniones de los Colectivos de Programas de Radio. Cierto que muchas veces me molesta la exigencia de los superiores en cuanto a su realización, y esto por dos razones: el colectivo de cada programa de Radio es, ante todo, interés de sus miembros; la otra, que no se trata de darle "cumplimiento" a una tarea, de" aclichetar" un propósito que tiende a volverse manido y hasta aburre.
En fin, ese "cumplimiento" que lamentablemente a veces se torna en un "cumplo y miento".
Los colectivos de programas de Radio no deben hacerse de manera fría, como si se quisiera salir del paso, levantar un acta con logros y deficiencias y luego entregarla para que muchas veces quienes las reciben ni las lean.
El colectivo de programas es – o debe de ser – interés capital de todas aquellas personas que de una u otra forma participan en la realización; desde guionistas, realizadores técnicos, locutores, asesores y directores de programas. Si a sus miembros – o alguno de ellos – no les motiva hacer un colectivo para analizar el trabajo concluido y las pautas para lo venidero, entonces algo funciona mal. ¿Dónde? ¿A qué nivel? Vale la pena averiguarlo.
La comunicación interna es un factor de primer orden para que todo fluya debidamente en cualquier entidad, y de ello no están exentos los programas de radio individualmente, la programación en general y todas las dependencias de las radioemisoras.
En primer lugar el colectivo de programa – ya lo expresé – es un medio de comunicación interna. Si esa comunicación fluye debidamente, el producto radial será óptimo. Lo otro es que debe realizarse con espíritu crítico y constructivo, al decir en cubano "a camisa quitá’" para reconocer con sinceridad las deficiencias y proponer vías de solución.
Ahora bien: los Consejos de Programación, ¿por qué no dedicarlos a razonar los resultados de cada colectivo de programa? Si en conjunto de modo ampliado se analizan los puntos favorables y en especial los lados "flacos" del trabajo diario, entonces las reuniones, además de ser productivas, estimularán a quienes participen en ellas.
Los encuentros del colectivo – llamémosles así para desterrar el manido "reunionismo" – no son otra cosa que contactos operativos y prácticos, sin ambages y de objetividad específica para evaluar lo alcanzado y proyectar lo nuevo; siempre llevando a letra escrita cuanto se señala y todo lo acordado. No fiarse jamás a la memoria. Luego llevar todos los puntos de vista y posibles soluciones al Consejo de Programación para deliberar entre todos. Siempre van a aparecer nuevas y mejores soluciones.
Tanto el Colectivo de Programa como el Consejo de Programación constituyen encuentros de trabajo, no foros para teorizaciones ni presunciones individuales; aspectos ambos, más que aburridos, malsanos. Ahí toca también el necesario cambio de mentalidad convocado por la dirección de nuestro país.

Publicado por el mismo autor en www.radiocubana.cu