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Feliú habla de Vicente

Feliú habla de Vicente

Aquella tarde juliana Vicente Feliú acababa de participar en la Peña de Lázaro García en el local del antiguo Ateneo de Cienfuegos, en los altos del Teatro “Tomás Terry”. Antes del comienzo le comenté que deseaba entrevistarlo, y me dijo: “claro que sí, tan pronto termine el encuentro”.
La conversación que tanto le agradecí ahora la comparto con ustedes.

Vicente, hace unos momentos escuchaba algo que cantaste y me marcó fuerte…

Esa canción, Agosto 2009 la hice muy permeado por determinada situación personal, ¿en qué sentido?, porque sigo como persona lo que ocurre en el mundo, lo que ocurre con el pueblo palestino, con nuestros cinco hermanos, y lo que ocurría entonces en julio del año pasado con Honduras, que era una nueva escalada fascista dentro de nuestra América. Todo eso estuvo agarrándome el corazón y estrujándomelo y me provocó esta canción. Había una reflexión de hacía muchos años. Y había una reflexión que me hacía desde hace muchos años, en la que me había preguntado a mí mismo si yo era un hombre de fe, y me digo que yo soy un hombre de Fes, yo tengo tres Fe, que se llaman: Cristo, Martí y el Che. Cristo porque es Cristo, Martí porque era cristiano, y el Che porque era martiano y por carácter transitivo, por esa ética fundamental yo soy religioso de esa época. Tengo esa fe y salió esta canción, una reflexión muy terrible porque cuando me fui a Angola sabiendo que me podían matar me dije: esto es un legado que le voy a dar a mis hijos, mis hijos y mis nietos tendrán que seguir luchando, combatiendo y hasta matando por vivir, que es una cosa espantosa, una reflexión terrible, pero real.

Tus mejores recuerdos de cuando se formó la nueva trova en cuba.

¡Esta buena la pregunta esa! Mira… compartir con muchos de guitarra o de alma, como quiera decirse, como quieran pensarlo, y además la posibilidad de recorrer mi país, porque en aquellos tiempos, al principio de los 70s, si tú no tenías quien te llevara a las provincias, no ibas, sencillamente no había cómo. Entonces gracias a eso y buena parte de mis compañeros también tuvimos la posibilidad de recorrer el país. Además de vernos, encontrarnos, conocernos y reconocernos los unos a los otros. Eso fue algo fundamental porque estábamos en una misma frecuencia, la de cantar la experiencia que habíamos tenido como una juventud nacida y una adolescencia transcurrida dentro del proceso de la Revolución Cubana, en Cuba.

¿Puedes decirme Algo de la Vocación de tu padre como impulsor de tu vida en la música?

Mi padre hacía canciones y tocaba la guitarra; hasta ahí. El nunca pensó, creo yo, que sus hijos fueran a seguirlo, estoy seguro de que nunca lo pensó, aunque también estoy seguro de que estuvo muy contento cuando pasó el asunto de que tanto yo, como después Santi, siguiéramos su cuerda, ¿no?, su cuerda esa de romántico, trovador, guitarrero y ese gen fundamental que debo decirte que no es necesariamente sólo del viejo, sino de toda la historia familiar desde el siglo XIX en Canet de Mar que todos, todos, todos han sido músicos y compositores, los descendientes de mi bisabuelo y también de mi bisabuela de María Felina. Acabo de encontrarme uno en Canet de Mar, un tremendo pianista, Xavier Dotras, extraordinario pianista y compositor, además. O sea, que parece que ese es un gen catalán que tenemos por ahí escondido. Y claro, el viejo sembró porque era el que tenía más cerca; yo toqué la primera canción con una guitarra de mi padre, lo primero que toqué fue una canción de él, lo segundo ¡un horror!, pero mío ya.

¿Cuántos discos tienes grabados hasta la fecha?

Como seis o siete, creo, me parece porque es que en Cuba casi, muy poquitos.

Tu disco Guevarianas de 1997, ¿cómo fue el proceso creacional de los temas incluidos en esa producción?

Muy gradualmente, realmente yo no hice ese disco, a ver, en 1997 había una especial “chemanía”, que lo digo ahí en el disco, y a mí me jodió un poco que de pronto cualquier tonto, cualquier oportunista, cualquier descarado, incluso cualquier persona decente pudiera hacer algo sobre el 30 aniversario de la muerte del Che, y yo no estuve nunca por la muerte, yo creo que el Che nació el día que lo asesinan, nace para el mundo un símbolo, que es el Che. Ese es el que yo festejo, no conmemoro ni me echo a llorar. Entonces me dije: “yo creo que voy a hacer un disco con canciones sobre el Che”, con “mis” canciones sobre el Che, que eran como siete, ocho, nueve, no me acuerdo cuántas, que no daban para un disco. Entonces comencé a pensar en algunas canciones de mi vida, reflexiones, vivencias que yo había tenido alrededor del espíritu del Che, y entonces salió Guevarianas.

Háblame un poquito de Créeme de 1978, tanto de la canción como el disco en sí, tus motivaciones.

Créeme fue una canción que nació en abril del 75 después de una canción a Antonio Guiteras, una canción a Carlos Aponte y un poema largo sobre los héroes. El colofón de ese día luminoso fue Créeme. Después el disco primero que hice, que lo hice en el 78, pues se llamó justamente Créeme, y Silvio, que le gustó mucho la canción, desde Angola estábamos cantándola juntos, y la hicimos conjuntamente con un teclado que hizo Frank Fernández. Es un disco, mi primer disco, y quería que me creyeran.


No sé quedarme, de 1985, lo interpreto como un recorrido inspirativo y sentimental con el arte comprometido de una época. Las piezas, ¿las compusiste todas pensando en esa producción o surgieron a lo largo del camino?

Nunca me he propuesto, hasta ahora, un disco temático, digamos. En la medida en que uno empezó a hacer discos después de muchísimas canciones, entonces vas recopilando y desechando. No sé quedarme era una especie de continuidad de Créeme, una canción que compuse cuando me iba a Angola en enero del 76, que tiene que ver con el mismo tema recurrente en mi vida, en mi obra de amor y despedida, el mismo tema de Créeme; el mismo tema que me hizo hacer Créeme cuando era un niño o adolescente, que escuché la canción de un negro albañil en la que se despedía de una novia que tenía en México, y que se llamaba la canción La Lupe. Esa canción a mí me marcó definitivamente y es uno de los elementos que me hace concebir mi manera de vivir para después hacer Créeme y No sé quedarme, o sea, ese amor tremendo por el que uno tiene que vivir y morir y despedir por un amor mayor que es la Patria. Ese concepto de Almeida yo lo asumí muy niño, muy adolescente, cuando triunfó la Revolución. Entonces eso es Créeme, eso es No sé quedarme, y eso es buena parte de mi vida.

Acerca de Ansias del Alba con tu hermano Santiago, evidentemente es un disco creado para la mujer. ¿Todas? ¿Una sola? ¿Más de una a partir de antiguos idilios y evocaciones?

Lo que pasa es que compuse canciones en un par de meses del año 97 y… bueno, es un disco de canciones de amor, claro, porque no se puede hacer Revolución y luchar por la vida y por la muerte si no se ama, ¿no? Entonces ahí una canción que se llama Pregunta desde un ocho de marzo, nacida en la oficina de Lázaro García en el Estudio “Eusebio Delfín”. Es un disco de amor, pero para los Zapatistas.

¿Qué te propusiste con el disco Aurora?

Hacer un disco a guitarra. Esta mujercita a mí me excita y me mata. No sé si leíste la entrevista de Amaury, pero esta mujercita chiquitica y patiflaca, esta mujercita gigantesca me lleva en su marca desde hace 31 años y es… ¡me lleva, me lleva!, casi a donde ella quiera.

Coméntame algo de lo que está en producción, lo que está por llegar.

Mejor que no. Llevo cuatro años haciendo eso y no acaba de salir. Así que no, hay muchas cosas en producción, pero mejor no te comento.

¿Cuál es tu mirada hacia la trova cubana futura, desde la óptica presente?

Que la trova es inmortal e inmatable.

Si no hubieses sido el trovador que eres, ¿qué hubieras querido ser?

¡Trovador! (RISAS)

Reconozco haberlo asediado en medio del agotamiento y el calor. Tal vez le pregunté cosas que otras veces haya dicho este insigne trovador cubano, pero mi propósito fue preguntarle a mi manera y sacar un poco más de lo mucho que aún le queda por contar al artista tan fecundo que es. Cierto que abusé algo en el tiempo, al extremo de que cuando terminamos, al agradecerle la entrevista se echó a reír y me dijo: “¡apretaste!”. Acto seguido me dio un abrazo.
No me arrepiento, es más: estoy satisfecho. Cualquiera de ustedes ante semejante oportunidad hubiese hecho lo mismo.

Con el Benny hoy como ayer

Con el Benny hoy como ayer

Este 24 de agosto Benny Moré hubiera cumplido 91 años. Hace 47 que empezó a vivir de un modo definitivo y más presente en el corazón de Cuba y de quienes le admiran en todo el mundo. ¡Y cada día canta mejor!
El Bardo Lajero es y será en nuestra música popular, su figura más representativa. Además de aquella voz insuperable y capaz de alcanzar los tonos, timbres y modulaciones que le vinieran en gana, continúa siendo el intérprete cubano más versátil. Como aquella pieza que le dedicara Joseíto Fernández: “Elige tú que canto yo”, con el Benny no había arreglo de que no cantara guarachas, boleros, sones, mambos, lo mismo que un Afro y un guaguancó. Si nuestro Bárbaro del Ritmo todavía viviera, con sus 91 años, no tengo la menor duda de que hubiese sido capaz de cantarnos magistralmente cualquier género actual.
Cubano criollo, negro y guajiro de pura cepa, queda mucho por estudiar de esta figura cimera del canto popular cubano. Más allá del Benny como intérprete genial y compositor de talento, está el Benny poeta, el de la décima, el del verso límpido y claro como el arroyo que se desliza entre las palmas en las letras que escribió para muchas de sus canciones. Está el Benny repentista, con esa cubanísima elocuencia sacada quién sabe de dónde, que identifica a lo mejor de nuestra poesía campesina. Está el Benny amigo franco, generoso, con un alto sentido de la amistad y la familia que hace saltar las lágrimas de quienes lo conocieron de cerca, cuando se les pregunta sobre él.
Nuestra Radio Cubana mantiene en muchas de sus radioemisoras espacios dedicados al más integral de nuestros cantantes, y como radialista cienfueguero, en especial, viene a mi memoria el año 1995, cuando contamos con la visita del inolvidable Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, por añadidura uno de nuestros más talentosos y cubanísimos compositores. Aquella vez, conversando con los trabajadores de Radio Ciudad del Mar, él preguntó si teníamos una programación dedicada al Benny, y se le respondió que había un programa de fin de semana. Con su mirada amistosa y firme de soldado de la Patria inquirió cómo era posible que Cienfuegos, la ciudad del Bárbaro del Ritmo, no tuviera un espacio diario dedicado al Benny. Allí, rodeado del afecto de parte de nuestro colectivo, pues su visita fue inesperada, dejó plasmado su parecer en una carta que se conserva en Radio Ciudad del Mar como un tesoro patrimonial de la radio en la Perla del Sur.
El Licenciado Armando Sáez Chávez, entonces director general de Radio Ciudad del Mar y hoy periodistas del semanario Cinco de Septiembre, me dijo textualmente hace poco al respecto de la visita del Comandante Almeida y la figura del Benny: “La visita del Comandante de la Revolución Juan Almeida a RCM en lo personal resultó un privilegio y una experiencia. En ella se puso de manifiesto la sensibilidad musical del autor de La Lupe, pero además su admiración por el Benny. En este sentido, aunque supo que teníamos un espacio fijo, insistió en que merecía mayor dedicación en la programación radial, incluso se comprometió a facilitar discos suyos para enriquecer el acervo de la Emisora”.
Hoy, a la distancia del tiempo, me siento hondamente comprometido y satisfecho al evocar estos nombres que tanto representan para nuestro pueblo. Sin ninguna duda, por saber lo que el Benny representa para nuestra cultura nacional, el Comandante Juan Almeida nos sugirió que jamás dejáramos perder esa herencia que, como provincia que alberga el terruño donde reposan los restos mortales del Benny, por deber, derecho y honor nos corresponde defender.
Hoy como ayer el Benny sigue entre nosotros, y su música la retoman nuevos creadores. Del Benny se aprende cada día. Hoy como ayer su voz, sus inspiraciones y la modestia que lo caracterizaron, vibran al unísono en soneros, trovadores y poetas. Que no haya duda: El Benny cada vez canta mejor.

Cubanísimo laúd

Cubanísimo laúd

Hace varios días entré a la fonoteca y me senté en la salita de escucha. Fui al apartado de los instrumentales y tomé una cinta con piezas ejecutadas por las guitarras de Miguel Ojeda (Cárdenas, 1921 – La Habana, 2010), reconocido guitarrista y laudista que marcó una impronta en nuestra música campesina. La breve escucha me fue estimulante al tiempo de ponerme a pensar. El sonido del laúd, con ese claro “gemido” oriental – del Lejano Oriente –aplicado a la idiosincrasia del arte y temperamento cubanos, es una de las sonoridades que – con el tres – identifican “lo cubano”. Habría que preguntarse el cómo y porqué de ese fenómeno, de esa feliz adopción que ha hecho del laúd “plato fuerte” en nuestro pentagrama. Cierto que las agrupaciones cubanas de música campesina no pueden prescindir del laúd, instrumento de cuerdas pulsadas, provisto de una gran caja de resonancia. Por supuesto, el laúd tiene una historia muy lejana…
En Europa llegó a convertirse en uno de los más importantes instrumentos musicales durante trescientos años a partir del siglo XV. En el XVI, con la llegada del movimiento barroco, experimentó sus primeros cambios al añadírsele las cuerdas que emiten sonidos graves. Fue cuando empezaron las innovaciones occidentales. También cambió de tamaño; empezaron a fabricarse laúdes de mayores dimensiones con cuerdas más largas; así le nacieron variantes conocidas como la tiorba, el chitarrone y el archilaúd.
Los laúdes típicos del siglo XVIII son de clavijero doblado y mástil ancho, sobre el que hay de cinco a siete cuerdas metálicas con seis cuerdas dobles. La fuerza de la costumbre hace considerar este instrumento como de origen europeo y por extensión ibérico,  aunque lo cierto es que el laúd data de un pasado remoto.
Algunas evidencias remiten su origen a Mesopotamia, región  importante en el desarrollo de la civilización, cuyo centro descansó en ambas orillas de los ríos Tigris y Éufrates. Así que la génesis del laúd pudiera yacer en el siglo III anterior a nuestra era.
Las migraciones desde Mesopotamia llevaron consigo costumbres, hábitos e instrumentos para ejecutar la música. Por eso tuvieron en cuenta andar con el laúd a cuestas, y así llegó a Egipto para desde allá extenderse por todo el Medio Oriente. Los árabes llegaron a estimarlo como el más perfecto de todos los instrumentos musicales entonces conocidos. Su finalidad era servir de acompañamiento a las narraciones que contaban hazañas de guerra. Durante la Edad Media los europeos le tomaron mucha estimación, y fue por aquellos tiempos cuando llegaron los primeros modelos a tierras de América. Pasado un tiempo, la moda del laúd pasó hasta quedar casi olvidado, pero en el siglo XX volvió a interesar a muchos, al extremo de ser retomado para el acompañamiento musical.
Sorprenden los diversos destinos geográficos recorridos por el laúd. En cada lugar adoptó características propias. Por eso hoy puede hablarse de parientes del laúd como el pipa, de China, o el biwa, oriundo de Japón. Dos mil años antes de nuestra era ya había laúdes con cajas de resonancia no muy grandes y mástiles largos; uno de sus modelos era tocado en la Antigua Grecia, el bouzouki, y otro en Japón, conocido éste como samisen. Variantes europeas son la cobza rumana, la mandolina y la mandola medieval.  
Los laúdes de mástil corto aparecieron en el Cercano Oriente a partir del año setecientos antes de nuestra era. Evidentemente, el laúd llegó a la Europa medieval desde la cultura árabe, y era entonces un instrumento de púas con cuatro pares de cuerdas. Llegó a la España ocupada por los moros y más tarde a América tras la conquista; es obvio que la cultura traída a nuestras tierras por los españoles trajo la huella del mestizaje.
En cuanto al nombre del laúd, su antecedente es el “ud” - también “ood” - expresión de origen balcánico, y es en la actualidad un instrumento desprovisto de trastes,  con dos a siete cuerdas dobles, y pulsado mediante un plectro. Al parecer, la castellanización  dio lugar al nombre por el cual lo conocemos hoy.
Pero lo que hace del laúd un instrumento esencialmente cubano – aunque por adopción – es su capacidad adaptativa a las sonoridades cubanas, caso no raro cuando España, país colonizador y componente de nuestra cultura, manifiesta un aire morisco en buena parte de su música; aunque eso no es todo. Si me referí al principio al maestro Miguel Ojeda, hoy debo mencionar a Barbarito Torres (Bárbaro Alberto Torres Delgado, Matanzas, 1956) llamado por muchos el Jimmy Hendrix del laúd cubano.
Barbarito es un virtuoso del laúd; gracias a su talento y capacidad interpretativa, el laúd desbordó su esencialidad campesina para amoldarse a otros géneros igualmente cubanos. Sones, guarachas y boleros, lo mismo que música clásica, tradicional, jazz latino y bossa nova,  toman una nueva dimensión sonora con el laúd y sus ejecuciones magistrales cubanas y universales.  
La capacidad de readaptarse y armonizar con otros instrumentos y ritmos, reafirman al laúd como elemento consustancial de la música cubana tradicional y contemporánea.  

¡Bravo por Chopin!

¡Bravo por Chopin!

Este año Federico Chopin celebró su cumpleaños doscientos. Parece increíble, pero fue así. Sólo a los inmortales les es dada esa dicha. ¡Y no es para menos! Gran arte, vida breve: esa es la paga para, en cambio, vivir eternamente. No sé si fue esa su meta, pero Chopin la consiguió, tal vez sin haberlo querido. Amó la vida; tuvo ocasión de hacerlo. La pasión por su patria tantas veces codiciada, agredida, ocupada y en litigio geográfico, más las incomprensiones y turbulencias de amores tan efímeros como su propia existencia hicieron ocasión para que todo le fuera tan breve como intenso. No cabía otra manera para un espíritu romántico cuya vehemencia encontró cobija entre las notas arrancadas al viento tras tardes y noches de suspiro y llanto.Sus mazurcas y baladas resuenan entre toda la obra ésa grande que lo trascendió. Fue entre los clásicos este romántico un raro espécimen que alcanzó popularidad, debatiéndose entre el ímpetu patriótico y la melancolía amorosa. Tengo en mis oídos el recuerdo infantil de su Nocturno Número Uno y de la Polonesa Heroica, cuadros que pintan con pinceles de música escenarios que le fueron refugio, ardor y pasto donde yacer. Tomó el piano para sí como amigo que con policromos tañidos relanzaba presto sus confidencias. Alegrías, dolores, orgullo, resignación… todo cuanto le dijo con sus manos, el piano lo redimensionó con timbres y tonos antes jamás concebidos.

Nació el polaco genial  el primer día de marzo de 1810 en Zelazowa Wola, localidad no distante de Varsovia. Hijo de padre con sangre francesa, el muchacho recibió una educación marcada por el esmero y la exquisitez. Pronto se vio en los salones de la aristocracia polaca, y luego en la de Viena cuando la guerra lo hizo huir de su país natal, para no demorar el regreso urgido por sus amores con su compatriota Constanza Gladkovska hasta que, rota la relación, marchó a París donde lo sorprendió el movimiento Romántico entonces en boga, y alcanzó la amistad de otro grande, Franz Schubert, quien calificó de genio al joven músico polaco.
La ruptura con Constanza lo había dejado en la infelicidad, a pesar de que con su arte se enseñoreaba en los más refinados salones europeos. Pronto le llegó otra de esas pasiones tan atormentadoras como su propia vida, la hermosa George Sand, quien brevemente llenó su vacío durante cerca de ocho años; amor eclipsado por la frágil salud del músico quien, procurando lugares de calma y solaz fue a Palma de Mallorca. Alejado de la música, buscando salud, sólo halló melancolía. Finalmente regresó a París y allí terminó su relación con la actriz para sumirse en una tristeza tal, que a su regreso de una visita a Londres lo llevó a su final cuando apenas contaba treinta y nueve años. Fue cuando definitivamente volvió a nacer para prolongar su vida a través del arte.
Chopin murió para vivir. Su vida regresa cada vez que un piano entona las notas que su atormentado espíritu concibió.