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Memorias de América

El Puente de las Damas, de Enrique Ibarra Pedroza

El Puente de las Damas, de Enrique Ibarra Pedroza

Hace poco llegó a mis manos un ejemplar de este libro, fruto de la investigación y el talento del Lic. Enrique Ibarra Pedroza, y la insistencia, – como el autor expresa en los Agradecimientos – del Ing. Juan Marull Tomás, una de las personalidades más ilustres en la Guadalajara jalisciense de nuestro tiempo.

Como acostumbro cada vez que me agencio una buena obra, antes de comenzar la lectura voy directamente al índice para enterarme de todo su contenido. El Puente de las Damas, como se titula, nos cuenta de un lugar antiguo de la ciudad tapatía que data del siglo XIX que yace hoy bajo la urbe moderna, cuyo rescate y restauración constituyen una de las más legítimas exigencias para el rescate de un área de tanto valor histórico como patrimonial.

Si interesante resulta leer la historia acerca de los orígenes del Puente de las Damas, otra virtud del libro es que nos toma de la mano para en alas de la imaginación y datos producto de una fecunda investigación, para explicarnos la historia de toda esta gran ciudad devenida esencia y presencia de México en el mundo.

A la pluma del investigador histórico se une el talento del escritor que nos hace conocer aspectos interesantes relacionados con la fundación de la ciudad – que por cierto, en un principio no estuvo donde hoy – además de darnos un recorrido por el memorable barrio de Mexicaltzingo y Analco. No falta lo anecdótico conjugado con fotos antiguas, ilustraciones y planos de la Perla de Occidente.

Con El Puente de las Damas se puede conocer buena parte de la historia de Guadalajara con una amenidad y riqueza documental de la que probablemente adolezcan muchos textos especializados.

El libro invita, finalmente, a un proyecto de rescate de tan preciosa alameda que reposaba encima de las aguas y que, de lograrse, pudiera desvelar muchas historias tan nuevas y deslumbrantes como las contenidas en sus valiosas páginas.

Tradiciones Mexicanas: El Encendido del Alumbrado Patrio

Tradiciones Mexicanas: El Encendido del Alumbrado Patrio En septiembre México es una fiesta. Antes del arribo del noveno mes del año ya se ven por las calles los expendios de motivos mexicanos, desde banderas de distintos tamaños hasta artesanías alegóricas a la identidad de este hermano país.Siete días exactamente antes de la celebración del Grito de Dolores, que en 1810 diera inicio a la guerra por la Independencia mexicana, en todas las plazas de la nación tiene lugar una ceremonia original, lo que ellos llaman: “Encendido del Alumbrado Patrio”. Tuve la oportunidad de presenciarlo por primera vez en mi vida, y su escenario fue la Plaza de Armas de la ciudad Victoria de Durango, amplia instalación – a lo que en Cuba llamamos parque – que abarca una manzana en su pleno centro histórico, abarcando desde las avenidas “20 de Noviembre” y “5 de Febrero” y las calles “Juárez” y “Corredor Constitución”. Antes de la ceremonia, la Plaza de Armas, colmada de público, vibró con la amenidad musical de alumnos de la Escuela de la Música Mexicana del Estado de Durango, institución que fundó y dirige la Mtra. Lilia Santaella, amiga de Cienfuegos y de Cuba. Al sonido del Mariachi Juvenil, los bailes regionales del grupo de Danza de la Escuela de la Música Mexicana y las interpretaciones del grupo Voces de Durango, los allí presenten cantaron y corearon piezas musicales que simbolizan la identidad de México. La Verbena contó con el auspicio del Instituto Municipal de Arte y Cultura (IMAC).Poco después de las 8 de la noche arribó la comitiva de autoridades del gobierno, encabezados por el Dr. Esteban Villegas Villarreal, recién electo Presidente Municipal, ya en funciones desde el pasado 1° de septiembre. Tras emotivas palabras con alto sentido patriótico, el Dr. Villegas recordó a los presentes que las Fiestas Patrias sirven para recordar a las mexicanas y los mexicanos “quiénes son y de dónde vienen”, así como su compromiso con los más necesitados.Momentos después se apagaron todas las luces del alumbrado público de la Plaza de Armas, quedando totalmente a oscuras con las solas luces de tres reflectores que enfocaban una escenificación de personas que representaban a los patriotas Miguel Hidalgo, José María Morelos y Leona Vicario. Minutos más tarde, de improviso y para emoción de los presentes, cobraron luz 320 piezas alegóricas a la nacionalidad mexicana y cerca de allí ya se podía vislumbrar radiante el símbolo del águila sobre el nopal mordiendo a la serpiente, emblema que aparece al centro del pabellón nacional de México. Desde antes un juego de luces en movimiento provocaba un radiante efecto sobre todo el frente de la Catedral, localizada frente a la Plaza de Armas en plena Avenida “20 de Noviembre”. Tras las luces de los emblemas empezó toda lluvia de fuegos artificiales con los colores verde, blanco y rojo de la bandera mexicana.En aquel preciso momento se pusieron en marcha, igualmente iluminados, dos relojes florales: uno de ellos en el bulevar “Dolores del Río”, y el otro en el Bulevar “Felipe Pescador”. Vale decir que las 320 luminarias alegóricas se extienden a lo largo y ancho de la ciudad. Allí en medio de tanto fervor patriótico de mexicanas y mexicanos se mencionó el significado de los colores de su bandera: el verde que simboliza la esperanza; el blanco, la pureza; el rojo, símbolo de la pasión heroica de todos los héroes de la Independencia. Durante el “Encendido del Alumbrado Patrio” las mexicanas y mexicanos dejan a un lado sus diferencias y miran juntos lo que les une como hijos de la tierra que les vio nacer. Ahora queda pendiente la celebración culmen del mes patrio: el Grito, que tradicionalmente en cada municipio mexicano tiene lugar en la noche del 15 de septiembre, y que recuerda la madrugada cuando Miguel Hidalgo declaró solemnemente que México es una nación independiente.

De Cómo el Chuchube Aprendió a Cantar - Olimpio Galicia Gómez

De Cómo el Chuchube Aprendió a Cantar - Olimpio Galicia Gómez

Un día de cualquier semana, de cualquier mes, de un año que hace mucho que ya casi uno no se acuerda, Dios decidió colocar un aviso en lo más alto de una mata. El aviso decía:

 “Atención, a todos los pájaros que quieran
vestirse de colores nuevos, el próximo domingo
estaré en el picacho del cerro de Santa Ana
para ponerle los colores que quieran”

                                                          Dios.
La noticia se corrió por todas partes y la emoción de los pájaros era inmensa. Comenzaron a contar los días, las horas, los minutos hasta que llegó el tan esperado domingo.
Ese día el cielo amaneció más clarito que de costumbre, el cerro de Santa Ana estaba cubierto de flores y los pájaros al volar, para ver cual llegaba primero al picacho, parecían volantines del festival.
Dios estaba allí. Había recogido flores de todos los colores y en unos tobos grandotes fue preparando los colores para pintar a los pajaritos. Se apreciaba el colorido de tal forma que parecía un arcoíris en el suelo.
Comenzaron a llegar los pájaros y el primero de la cola era uno muy grandote, los demás pajaritos decían: “Ey, por orden de tamaño, los más grandes de último”. Pero el pájaro grandote había llegado desde la madrugada y se notaba muy cansado ya que había volado desde el Amazonas, por allá lejos, pues se había enterado lo que pasaría ese día en el cerro, por eso estaba de primero.
Este pájaro era el Tucán. Dios le preguntó: “Amigo Tucán, qué colores quieres para vestirte?” y el Tucán le respondió: “los quiero todos”. Así Dios lo complació y  de varios pincelazos lo pintó de negro, amarillo, rojo y de todos los demás colores.  El Tucán complacido salió contento y volando de nuevo para el Amazonas.
Continuó la jornada y le correspondió el turno al turpial. Dios le hizo la misma pregunta que al Tucán, y éste respondió: “quiero amarillo como el oro y negro como mis noches”. Así el Turpial salió raudo, feliz y hermoso a comerse los datos con su nuevo traje de fiesta.
Siguieron pasando los pájaros y Dios brochazos y brochazos con ellos. El Cardenal pidió rojo como el último color de la bandera. El Gonzalito amarillo y negro para imitar al Turpial y el Judío, por volar tan torpe, cayó en el tobo de pintura negra, de allí lo sacó Dios y lo puso al sol para que se secara.
A las tres de la tarde ya Dios estaba cansado de tanto pintar pájaros. Como a esa hora el Chuchube andaba de rama en rama sin enterarse de nada. Fue cuando vio al Chupaflor tan elegantemente vestido y le preguntó que cómo había hecho para vestirse así tan bonito. Éste le echó el cuento y el Chuchube, desesperado, salió volando remontando la distancia hasta el picacho del Cerro. Cuando llegó allá arriba ya Dios recogía los peroles y limpiaba los pinceles. El Chuchube le pidió que por favor lo pintara de colores nuevos. Dios, rezongando, le dice que ya los colores se agotaron y que además ya él está muy cansado.
Ante esta situación, el Chuchube le implora  que haga un milagro ya que él todo lo puede.
Dios comenzó a raspar los tobos y milagrosamente comenzaron a aparecer los colores, sin embargo le dice al Chuchube que estos colores no alcanzan para pintarlo que se los va a dar para que se los tome. Inmediatamente le abre el pico y le da de beber todos los colores. Cuando terminó le dijo: “Ya puedes irte Chuchubito, anda a adornar las montañas y los campos con tu canto”.
Así es cómo, cada vez que el Chuchube canta, la tierra se viste de alegría y el mundo vuelve a ser feliz.

Fuente:http://encontrarte.aporrea.org/156/creadores/a13016.html

Venezuela: Música y Tradición

Venezuela: Música y Tradición

En febrero de este mismo año publiqué mi trabajo ENTRE JOROPOS Y LLANERAS, MÚSICA DE VENEZUELA. Tiempo atrás lo había colocado en otras páginas con enorme aceptación y múltiples opiniones, todas estimulantes, por eso decidí  ponerlo en esta Blog. Mi sorpresa fue mayor cuando leí la opinión de un ciberlector cuyo testimonio constituye un aporte interesante. Por lo enriquecedor y bien documentado, es que decidí publicarlo  íntegramente.

OPINIÓN DE ERIC MARIO HERNÁNDEZ

Trabajando de médico con una delegación en el XVI Festival de la Juventud y los Estudiantes, anunciaron a Amado Lovera y su grupo en un acto político cultural. Me acerqué a una de las voluntarias venezolanas que atendían a las delegaciones y le pregunté -¿Por casualidad ese que se anuncia es Uña de Oro?- al contestar afirmando le pedí me ayudara a ver al artista. La joven muy dispuesta regresó acompañada de un señor alto vestido de blanco que peinaba canas.
Fue por el año 1994 cuando mi primo me habló del disco. Recuerdo que le llamaba la atención el arpa y la letra de las canciones. La discoteca sumada a la salsa cubana y algo de reagee era nuestra música del momento. Pero la mezcla de aquel timbre de voz y el fondo del raro instrumento nos cautivaron. En poco tiempo me aprendí los temas. Disfrutaba mucho viendo a mi tío rasgando las cuerdas del aire en un arpa imaginaria mientras se escuchaba en aquel viejo tocadiscos la melodía de Moliendo Café. Y hasta una de mis novias me escuchó cantarle varias veces con mis pocas habilidades -Nunca sabré como tu alma ha encendido mi nochee…, sin nunca saber ella de donde había sacado esa canción.
Aunque el tocadiscos no duró mucho, por algún extraño motivo guardé el disco todos estos años. Creo que me llamaba la atención el seudónimo de Uña de Oro, porque realmente imaginaba unas manos prodigiosas para sacarle a ese instrumento tanta maravilla. Y hasta en otro momento pensé cantar los temas de Mario Suárez en mis frustradas intenciones de guitarrista que no llegaron más allá de un mes de intento.
Aquella noche Amado me saludó como si me conociera de años. Me preguntó que tiempo llevaba en Venezuela y le conté todo lo relacionado con la historia de aquel disco. Me presentó a su esposa y conocí a su hijo pequeño. Y la gran sorpresa fue cuando descubrí que vive en la comunidad de la que soy médico hace un mes, después de haber sido trasladado de mi antigua ubicación.
Pasó algún tiempo, pero un día al salir de la casa de cultura municipal lo veo parado fuera. Al acercarme a saludarlo llamándome por mi nombre me dice -Espera acá que te voy a sorprender-
Apenas llegaba a mi hombro pero su sonrisa era más grande que yo. -Te presento a un amigo cubano- le dijo Amado, y esta última palabra bastó para que Mario Suárez me saludara con inmenso afecto. Tarareó la letra de Nunca Sabré al mismo tiempo que reía cuando yo continuaba la estrofa. Una avalancha de recuerdos y frases de elogio a mi país y su cultura cayeron sobre mi cabeza. Me habló de las 17 veces que estuvo en la Habana, de sus tres números en el primer lugar de la radio, del inmenso placer que sintió cuando le preguntaron a Fidel en la década de los 60 la fecha de una posible invasión a la Isla y respondió –Como dice ese cantante de moda ¡Nunca sabré!-.
Los ojos le brillaban contándome su primer encuentro con el maestro Lecuona. Aun se veía impresionado por la grandeza del teatro América cuando este lo acompañaba con un piano blanco mientras Adolfo Guzmán dirigía la orquesta y el cantaba María la Ö. Pero su mayor recuerdo es un viejo cassete de cinta del que no se separa. Guardado en la guantera de su carro viví la oportunidad de escuchar lo que dice no cambia por todo el dinero del mundo. –Te voy a hacer llorar- me dijo, mientras la voz de Manolo Alvarez Mera junto al piano de Lecuona se escucharon cantándole a Cuba en medio del parqueo de la institución cultural. Su emoción cada vez mas evidente llegó al tope cuando gritó -¡Esa era la mejor voz del mundo, es mejor que Plácido Domingo!-
Me costó controlar la emoción que sentí. Casi una hora conversamos, y el único tema fue Cuba y su cultura. Mario Suárez resultó ser una persona muy humilde igual que Amado y no ocultó los deseos inmensos de visitar nuevamente mi tierra. Me despedí muy complacido del momento mientras me daba las gracias por recordarle buenos tiempos. Al alejarme pensé en las cosas que te depara la vida. Si en aquellos años en que escuchaba el disco junto al arpista frustrado que resultó mi tío me hubiesen preguntado si esperaba conocer a Mario Suárez y a Amado Lovera (Uña de Oro), un NO habría sido la respuesta obligada, sin embargo, la respuesta precisamente estaba en aquella voz y el arpa que salían de un viejo tocadiscos diciéndome Nunca Sabré.

 

 

El hombre de La Edad de Oro

El hombre de La Edad de Oro

 Exhibo con orgullo la portada de este libro. Desaliñada por el paso del tiempo y el uso continuado – para eso son los buenos libros – la contemplo hoy, a la vuelta de cuarenta y siete años más hermosa que nunca; incluso más que aquel lejano día cuando uno de mis tíos me lo trajo como regalo que hoy le agradezco como nunca antes porque con apenas diez años, a veces no se puede estimar el valor de un buen libro. Es la etapa de jugar, vivir despreocupados de muchas cosas que nos rodean, excepto del afecto filial - ¡del que disfruté abundantemente! – y sólo al pendiente de la escuela, las tareas, el rato de jugar y ese instante, casi ritual, de sentarnos a la mesa para degustar el diario sustento. 
Este libro data de 1962, editado por la Editora Juvenil de la Imprenta Nacional de Cuba. Son reiteradas las nuevas ediciones del Instituto Cubano de Libro para que todas las generaciones de infantes accedan a él. De aquel tiempo recuerdo que nuestra radio cubana ya tenía espacios dedicados a los más pequeños de la casa. Baste mencionar que en horario vespertino Radio Rebelde transmitía Biblioteca Infantil - con seriados de grandes clásicos de la literatura para los más pequeños - y Los Niños, el Cuento y sus Canciones, con la impar Gina Cabrera encarnando al Hada de la Brisa en su Casa de los Diez Cascabeles. Estos espacios incluyeron los cuentos aparecidos en La Edad de Oro, algo retomado en programas posteriores. 
Gracias a La Edad de Oro fui llevado de la mano del Apóstol a lugares sorprendentes y exóticos. Visité aztecas, mayas e incas; cabalgué junto al cura Miguel Hidalgo a través del bajío mexicano; crucé los llanos de Venezuela acompañando a Bolívar y me vi junto con San Martín frente a las heladas cumbres andinas. 
Con Martí aprendí de la cultura griega y avancé en el conocimiento de la delicadeza y el patriotismo del pueblo chino. ¡Y qué decir de la indómita Indochina! Con su dote visionaria y en exclusiva para los niños de todos los tiempos, Martí alertó de cuánto tendrían que luchar los anamitas para alcanzar su independencia. 
Ternura, valores humanos, patriotismo y sentido de la universalidad evidenciados en cuatro revistas publicadas en Nueva York entre julio y octubre de 1889, hace ya 120 años, hoy compendiadas como un solo libro. A casi medio siglo de haberme principiado en su lectura, le hallo nuevas aristas de contenido y percibo circunstancias que entonces marcaban el ánimo de su autor. Caigo en la cuenta de que fueron años de soledad para el más brillante de todos los cubanos, tiempos de abandono marcados por la incomprensión de no pocos. Por eso se refugió en los más pequeños de América – los de ayer y los de hoy – para contarles historias capaces de transformar a niños y niñas en seres más comprometidos con el sentido que tiene existir y vivir. 
Ya pasó más de un siglo y las nuevas tecnologías exponen - ¡también imponen! – personajes increíbles que juegan con el cosmos y hacen justicia a su modo para que triunfe “el bien” sobre “el mal”. La televisión, los videos, DVD, y las computadoras, como ésta de la que me sirvo para escribir, maravillan con lo inmediato y emocional, pero muchas veces también efímero.  
Para vencer la prueba del tiempo ¡ahí está La Edad de Oro!, esperando que todos los niños de América la lean – o que lo hagan mamá, papá o los abuelitos y abuelitas – para enterarlos de las bellezas interiores del ser humano y de cada cultura; para que los más pequeños incorporen a sus vidas valores por los que hoy sigue luchando tanta gente honrada en América y en todo el mundo; para que sepan cómo el trabajo ennoblece y es un ingrediente de primer orden para ascender en la escala humana. 
Martí proclamó que los niños - y las niñas - son los que saben querer y son la esperanza del mundo. Sobre ellos descansa el mundo futuro, pues siempre lo hay, que no será posible sin ingredientes tales como el conocimiento, la solidaridad, la ternura y el amor a toda la Naturaleza. 
Verdades que tuve la suerte de conocer hace más de cuarenta años cuando por primera vez leí la obra de Martí dedicada a los niños. Desde entonces – como adulto y como el niño que aun late en mí – me enorgullece afirmar que el hombre de La Edad de Oro ¡es mi amigo!

Entre joropos y llaneras: música de Venezuela

Entre joropos y llaneras: música de Venezuela

Esta vez comentaré acerca de la música venezolana, de esa nación hermana donde naciera Simón Bolívar, tierra amada por Martí y hoy baluarte solidario de la América que añoraron los próceres de una historia extendida desde el sur del río Bravo hasta Tierra del Fuego.
 Venezuela en mi caso entraña una doble razón afectiva; en primer lugar como latinoamericano y también debido a la posibilidad de que para algunos hermanos de allá y quien escribe corra por nuestras venas sangre común. Desde pequeño supe que una tía abuela materna se trasladó de Cuba a Venezuela, entre finales del siglo XIX y principios del XX. La tía Laudelina, a quien nunca pude conocer, era mencionada frecuentemente por mi abuela Anita . De adulto supe que estuvo de visita en Cuba en la primera mitad del siglo XX para luego regresar a Venezuela, país donde fijó su residencia definitiva.
De allá por donde corre el Orinoco y pace traquilo y señorial el lago de Maracaibo; de la tierra donde se haya la región del Caripo, cuyas grutas del cerro Uruana guardan celosas un tesoro lleno de colores, de la hermosa Venezuela con llanos y selvas, hoy escribo con todo amor.
Al comentar de la música venezolana acuden a mi memoria recuerdos de un intérprete folklórico que visitó Cuba entre fines de la década de los cincuenta y comienzos de los años sesenta. Me refiero a Mario Suárez y su Conjunto, quien curiosamente se hizo popular por radio y TV con una pieza titulada NUNCA SABRÉ, versión al castellano de LUNA DE MIEL, de los autores M. Francois y P. Amel, y tema de la película homónima facturada en los Estados Unidos. De Mario Suárez se popularizaron otras piezas, sí auténticamente venezolanas, como el joropo VEN ACÁ, inspiración de Enrique Quijano. Las coplas de ese tema son inolvidables para quien las haya escuchado aunque fuera una sola vez: "Ven acá, que quiero bailar contigo, nuestro joropo que es orgullo nacional". En los años cincuenta Mario Suárez apareció por la televisión cubana en un antiguo programa titulado EL CASINO DE LA ALEGRÍA, y sus discos comenzaron a venderse. Mario tenía una voz suave y cadenciosa, y en la instrumentación destacaba el arpa ejecutada magistralmente por Amado Lovera. Otros temas que lo llevaron a la cima fueron: UN RUMOR, TENGO EL SENTIMIENTO HERIDO y MOLIENDO CAFÉ.
Otro colosal intérprete fue el tenor Alfredo Sadel, que gustó al público cubano y mantuvo  fraterna amistad con Benny Moré, El Bárbaro del Ritmo. Con el Benny a dúo Sadel grabó ALMA LIBRE, pieza de Juan Bruno Tarraza, compositor cubano nacido en Caibarién.
De aquellos tiempos que ya sobrepasan el medio siglo, fue también popular en Cuba el venezolano Héctor Cabrera, quien se dio a conocer con el pasaje titulado: EL PÁJARO CHOGÜÍ, melodía paraguaya que cuenta la leyenda de un indiecito guaraní que se cayó de un árbol al ser llamado por su madre y se convirtió en ave, y su canto responde al nombre de Chogüí. Es una canción tan triste como hermosa. Héctor Cabrera llenó cancioneros con letras de interpretaciones como LA NOVIA, y LLORANDO ME DORMÍ.
De su discografía recuerdo perfectamente un disco con inspiraciones de otro gran músico venezolano: Juan Vicente Torrealba, entre ellas NOCHE MARAVILLOSA, ISABEL y MARINÉS, el lucerito llanero que alumbra en los esteros. Y sería imposible que olvidara temas instrumentales del maestro Torrealba como GOTAS DE AGUA, LA GUAYABA, CARACOLITO y TEREPAIMA, verdaderas obras maestras del folklore latinoamericano.
En este periplo musical venezolano, jamás me perdonaría olvidar a Lila Morillo y ese bellísimo Pasaje que se titula: SERÁN TUS OJOS, que es para mí una de las melodías predilectas. Ya se preguntarán los venezolanos que están leyendo, dónde dejar ALMA LLANERA de Pedro Elías Gutiérrez. Esa melodía es, sencillamente, una prolongación del paisaje natural venezolano, de sus llanos. Cada vez que la escucho me sugiere ir montado a caballo corriendo a todo galope en franco duelo con el viento para robarles un poco de su tenue aroma a las flores de Maravilla.
Reconozco que Venezuela tiene muchos más géneros musicales; es un país de riqueza extraordinaria, pues ha tenido la suerte de contar con los componentes indígena y africano, unidos al legado de España. Es tierra de bailadores, como lo es de ensueños cuando las cuerdas de su Rondalla nos hacen vibrar de emoción. Varias veces el inolvidable intérprete cubano Barbarito Diez grabó con La Rondalla Venezolana, y a menudo degusto esa música que tanto me motiva y entusiasma. Así me deleito con piezas como MANANTIAL y LUNA DE MARGARITA.
Tiene algo esa tierra que hechiza, cuando el dominicano Billo Frómeta llegó allí para quedarse y ser uno más de ellos, el autor de ARROLLITO DE MI PUEBLO, entre otras creaciones.
Parecería imposible que alguien se haya resistido a bailar con los compases del antológico CABALLO VIEJO, de Simón Díaz, y del que Barbarito Diez hizo una formidable interpretación.
Son numerosos los recuerdos y las ideas que me asaltan la memoria al hablar de tan bello país, cuna de próceres y fértil terreno para la inspiración, no sólo en música, sino en Literatura; porque la naturaleza venezolana motivó a Rómulo Gallegos novelas tan representativas y descollantes como DOÑA BÁRBARA, CANAIMA y CANTACLARO.

Concluyo esta remembranza mencionando el nombre de quien fue reconocido Fundador de la Música Venezolana, al decir del eminente Andrés Bello; me refiero a Pedro Palacios y Sojo, un sacerdote que vivió entre 1739 y 1799. Lo más interesante es que no sabía tocar ningún instrumento y mucho menos llegó a componer, pero gracias a sus buenos oficios la música de Venezuela comenzó a desarrollarse, en buena parte debido al entusiasmo con que Palacios promovió actividades musicales, dentro y fuera de las iglesias.

Coetáneo suyo lo fue también Juan José Landaeta, éste sí compositor y autor del himno nacional de Venezuela: GLORIA AL BRAVO PUEBLO. Landaeta nació en 1780 en Caracas y fue ejecutado por los españoles en Cumaná, por participar en la gesta emancipadora.

Para resumir, en nuestros días la Llanera, el Joropo y el Arpa han devenido símbolos de la identidad venezolana y poseen peculiaridades que las distinguen entre las numerosas manifestaciones de la música universal.

Concluyo con un verso que se recita en el joropo VEN ACÁ, popularizado por Mario Suárez y que dice así:

Toma mi pareja, Mario
Y no me hagas quedar mal,
Que aquí estoy al pie del arpa
Para verte escobillear.
¡Júa, así! ¡Júa, así! ¡Júa, así!
Y yo también voy a bailar
Hasta acabar con la suela
Con arpa, cuatro y maraca,
Música de Venezuela.