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Venezuela: Música y Tradición

Venezuela: Música y Tradición

En febrero de este mismo año publiqué mi trabajo ENTRE JOROPOS Y LLANERAS, MÚSICA DE VENEZUELA. Tiempo atrás lo había colocado en otras páginas con enorme aceptación y múltiples opiniones, todas estimulantes, por eso decidí  ponerlo en esta Blog. Mi sorpresa fue mayor cuando leí la opinión de un ciberlector cuyo testimonio constituye un aporte interesante. Por lo enriquecedor y bien documentado, es que decidí publicarlo  íntegramente.

OPINIÓN DE ERIC MARIO HERNÁNDEZ

Trabajando de médico con una delegación en el XVI Festival de la Juventud y los Estudiantes, anunciaron a Amado Lovera y su grupo en un acto político cultural. Me acerqué a una de las voluntarias venezolanas que atendían a las delegaciones y le pregunté -¿Por casualidad ese que se anuncia es Uña de Oro?- al contestar afirmando le pedí me ayudara a ver al artista. La joven muy dispuesta regresó acompañada de un señor alto vestido de blanco que peinaba canas.
Fue por el año 1994 cuando mi primo me habló del disco. Recuerdo que le llamaba la atención el arpa y la letra de las canciones. La discoteca sumada a la salsa cubana y algo de reagee era nuestra música del momento. Pero la mezcla de aquel timbre de voz y el fondo del raro instrumento nos cautivaron. En poco tiempo me aprendí los temas. Disfrutaba mucho viendo a mi tío rasgando las cuerdas del aire en un arpa imaginaria mientras se escuchaba en aquel viejo tocadiscos la melodía de Moliendo Café. Y hasta una de mis novias me escuchó cantarle varias veces con mis pocas habilidades -Nunca sabré como tu alma ha encendido mi nochee…, sin nunca saber ella de donde había sacado esa canción.
Aunque el tocadiscos no duró mucho, por algún extraño motivo guardé el disco todos estos años. Creo que me llamaba la atención el seudónimo de Uña de Oro, porque realmente imaginaba unas manos prodigiosas para sacarle a ese instrumento tanta maravilla. Y hasta en otro momento pensé cantar los temas de Mario Suárez en mis frustradas intenciones de guitarrista que no llegaron más allá de un mes de intento.
Aquella noche Amado me saludó como si me conociera de años. Me preguntó que tiempo llevaba en Venezuela y le conté todo lo relacionado con la historia de aquel disco. Me presentó a su esposa y conocí a su hijo pequeño. Y la gran sorpresa fue cuando descubrí que vive en la comunidad de la que soy médico hace un mes, después de haber sido trasladado de mi antigua ubicación.
Pasó algún tiempo, pero un día al salir de la casa de cultura municipal lo veo parado fuera. Al acercarme a saludarlo llamándome por mi nombre me dice -Espera acá que te voy a sorprender-
Apenas llegaba a mi hombro pero su sonrisa era más grande que yo. -Te presento a un amigo cubano- le dijo Amado, y esta última palabra bastó para que Mario Suárez me saludara con inmenso afecto. Tarareó la letra de Nunca Sabré al mismo tiempo que reía cuando yo continuaba la estrofa. Una avalancha de recuerdos y frases de elogio a mi país y su cultura cayeron sobre mi cabeza. Me habló de las 17 veces que estuvo en la Habana, de sus tres números en el primer lugar de la radio, del inmenso placer que sintió cuando le preguntaron a Fidel en la década de los 60 la fecha de una posible invasión a la Isla y respondió –Como dice ese cantante de moda ¡Nunca sabré!-.
Los ojos le brillaban contándome su primer encuentro con el maestro Lecuona. Aun se veía impresionado por la grandeza del teatro América cuando este lo acompañaba con un piano blanco mientras Adolfo Guzmán dirigía la orquesta y el cantaba María la Ö. Pero su mayor recuerdo es un viejo cassete de cinta del que no se separa. Guardado en la guantera de su carro viví la oportunidad de escuchar lo que dice no cambia por todo el dinero del mundo. –Te voy a hacer llorar- me dijo, mientras la voz de Manolo Alvarez Mera junto al piano de Lecuona se escucharon cantándole a Cuba en medio del parqueo de la institución cultural. Su emoción cada vez mas evidente llegó al tope cuando gritó -¡Esa era la mejor voz del mundo, es mejor que Plácido Domingo!-
Me costó controlar la emoción que sentí. Casi una hora conversamos, y el único tema fue Cuba y su cultura. Mario Suárez resultó ser una persona muy humilde igual que Amado y no ocultó los deseos inmensos de visitar nuevamente mi tierra. Me despedí muy complacido del momento mientras me daba las gracias por recordarle buenos tiempos. Al alejarme pensé en las cosas que te depara la vida. Si en aquellos años en que escuchaba el disco junto al arpista frustrado que resultó mi tío me hubiesen preguntado si esperaba conocer a Mario Suárez y a Amado Lovera (Uña de Oro), un NO habría sido la respuesta obligada, sin embargo, la respuesta precisamente estaba en aquella voz y el arpa que salían de un viejo tocadiscos diciéndome Nunca Sabré.

 

 

Durango y su Callejoneada

Durango y su Callejoneada

Cada domingo Durango es una fiesta. En las tardes, alrededor de las cuatro, desde la avenida “20 de Noviembre” y esquina Independencia, sale un desfile de gente que con su entusiasmo se encamina al cerrito del Calvario. La comitiva la preside Casimiro, un emblemático burrito que carga tinas de barro con agua para que los caminantes beban por el camino hasta que llegan hasta la cima del cerrito donde hay un anfiteatro muy al estilo romano, y no sé de qué caprichosa manera encaja dentro de aquel paisaje tan típicamente mexicano desde donde se divisa la cordillera de la Sierra Madre Occidental. Muchos visten de charros y chinas poblanas, y van a caballo precedidos por una banda. Les sigue el Mariachi Infantil y Juvenil, así como el Grupo de Danzas Ometochtli.
Una vez en el anfiteatro, que se colma de personas, comienzan las presentaciones artísticas. El recorrido desde la “20 de Noviembre” hasta el cerrito del Calvario y todo el espectáculo es lo que los duranguenses llaman “La Callejoneada”, que constituye todo un canto a la tradición de eso que todos conocemos como mexicanidad.
Es loable el apoyo que la municipalidad y del Estado de Durango otorgan a esta idea de la Maestra Lilia Santaella, fundadora y directora de la Escuela de la Música Mexicana del Gobierno del Estado de Durango. Gracias a Lilia, a quien me une un profundo sentimiento de amistad y hermandad, Durango tiene asegurado el rescate y conservación de buena parte de sus tradiciones. Ciertamente, “La Callejoneada” es un evento de sorprendente arraigo popular, extendido ya desde hace más de una década.
Esas tardes dominicales duranguenses resultan ensoñadoras, porque al tiempo que el sol lanza sus últimos rayos suena la música y se canta y baila. Mientras, en el lejano horizonte se vislumbra cómo fenece el día. Es un paisaje auténticamente mexicano matizado con una genuina expresión de arte popular.
Son muchos los que asisten a “La Callejoneada”, pero no es asunto que preocupe ya que todos, sin excepción, pueden disfrutar del delicioso brindis que se les ofrece, preparado amorosamente por las manos de familiares de los alumnos de la Escuela de la Música Mexicana, y con sus propios medios. Apenas comenzado el espectáculo artístico musical, ellos mismos reparten los deliciosos tamales, y algo después un suculento atole matizado con canela y cierto picantito de chile que le da su toque indiscutiblemente mexicano.
En muchos lugares de México se celebran callejoneadas, pero Durango ha conseguido un rescate y consolidación muy propios y originales gracias a la Escuela de la Música Mexicana del Estado. Con su inspiradora, la Maestra Lilia Santaella, profesores, alumnos, familiares y toda la comunidad duranguense alimentan una fiesta donde van de la mano alegría y cultura. Es cuando todo Durango se siente y reconoce como una gran familia en medio de esa inmensa patria que es para ellos México.

Cienfuegos, sus calles, historias...

Cienfuegos, sus calles, historias...

Las calles son testigos mudos de la historia, han dicho algunos, y diría yo que tienen un lenguaje necesario de aprender para desentrañar sus mensajes. Las de Cienfuegos, la Perla del Sur de Cuba, no son la excepción. Al tema de las calles como fuentes de información pudiera dedicar otro comentario. Hoy quisiera ceñirme a las calles de mi ciudad.
En Cienfuegos no hay quien se pierda, al menos tratándose de las direcciones dentro de su sector histórico y un poco más allá. La Perla del Sur ha crecido mucho en medio siglo, principalmente por las migraciones procedentes de otras provincias del país, añadidas a la población sureña gracias a los proyectos de ampliación en cuanto a industrias, - porque Cienfuegos es, además de turística, industrial – que llegaron para trabajar y finalmente establecieron aquí su residencia definitiva. El crecimiento de la ciudad trajo como consecuencia la formación de nuevas comunidades urbanas – barrios o repartos – como los de Pueblo Griffo Nuevo, Pastorita y Junco Sur. El primero de todos fue el reparto Pastorita, que debe su nombre a Pastorita Núñez, quien al triunfo de la Revolución presidió el Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda. Eran los años en que se rebajaron los pagos por alquileres y, más tarde, la promulgación de la Ley de Reforma Urbana que hace de cada inquilino el propietario de su vivienda.
Escribía hace unos momentos que en Cienfuegos no hay quien se pierda y aclaré que, por lo menos, dentro del perímetro de su casco histórico y algo más allá. No siempre era así. Otrora la siempre hermosa y próspera ciudad contaba con nombres para sus calles, de manera que quienes la visitaban tenían que preguntar a ratos para orientarse en la búsqueda de cualquier domicilio. Así, desde su fundación como Colonia Fernandina de Jagua en 1819, las calles que surgían eran bautizadas con nombres de monarcas, santos y símbolos cristianos, padres fundadores, benefactores, alcaldes y más tarde patriotas, una vez independientes de España. Así existían calles como Bouyón, San Luis, Santa Isabel, Santa Cruz, San Carlos, San Fernando y muchas más. La calle Cuartel, por ejemplo, remite su nombre a la existencia de una vieja instalación colonial que todavía existe – desde comienzos del siglo XX, transformada en escuela – varias veces reformada.
Entre finales de 1959 y la primera mitad de 1960, el Dr. Serafín Ruiz de Zárate, a la sazón Comisionado Municipal - equivalente a lo que hasta diciembre de 1958 era el Alcalde - tuvo la excelente idea de numerar las calles de Cienfuegos. Gracias a esa iniciativa – apoyada por la inmensa mayoría de la población – localizar cualquier calle en Cienfuegos resulta ser el procedimiento más fácil. Digamos que nuestro trazado urbano se divide desde entonces en avenidas y calles. Las calles corren de modo ascendente de poniente a oriente y poseen números impares. Las avenidas crecen numéricamente, con números pares, de sur a norte. En cuanto a los números de viviendas y otros edificios, eso también es de fácil localización. Puede que en avenidas paralelas o calles paralelas se repitan números, así que lo que cuenta es conocer la calle o avenida del inmueble, y las entrecalles. Voy a darles un ejemplo: Digamos que estoy en el bulevar, antigua calle San Fernando, hoy avenida 54. Me ubico en avenida 54 entre calles 35 y 37 (antiguas Gacel y Prado). Miro en dirección al Prado, es decir, al naciente, y me doy cuenta de que dejo a mi espalda la calle 35. ¿Los números de los edificios? Pues a mi derecha tengo la cafetería “Qué Bien”, cuyo número debe ser: 3502 (si su puerta principal da para la avenida 54). Enfrente está la ferretería “La Escuadra”, con el número 3501.
Eso de los números de inmuebles también es fácil. Aumentan de dos en dos. Siempre comienzan con los dos dígitos de la entrecalle de menor numeración. En el caso de las avenidas, para el flanco sur, son las terminaciones pares, y para el flanco norte las impares. Si el inmueble está en una calle, entonces los dos primeros dígitos de cada edificio corresponden a la avenida de menor numeración (entre 60 y 62, todos los números de edificios comienzan con el 60). Los otros dos dígitos tienen terminación par incrementada de sur a norte en el flanco oriental y, claro está, la terminación impar incrementada en la acera occidental. Cada cuadra comienza el conteo de número a partir de 01 y 02, así que no existe continuidad numérica en las calles y avenidas. Cada vez que se comienzan nuevas entrecalles, recomienza la numeración. Así nadie se pierde.
Los cienfuegueros natos, nietos de cienfuegueros de raíz, conocen esta sabia distribución de calles y avenidas, la aprovechan, pero no olvidan los viejos nombres. Tras medio siglo de nueva numeración urbana, la tradición incluso de muchos jóvenes se inclina a favor de los nombres antiguos. Si alguien que dice ser de Cienfuegos no conoce los nombres viejos, entonces… pudo haber nacido aquí, pero es hijo o nieto de cienfuegueros “trasplantados”.
Cincuenta años representan el paso de más de una generación y, así y todo, la gente se mantiene asida a los nombres originales. Sería una lástima que se dejara perder esa tradición, pues los nombres de las calles cuentan historias. La actual Calzada, como todos le llaman, - actual avenida 64 hasta la intersección de Colón – se llamó hace mucho Calzada de Dolores; más tarde se rebautizó como Calzada de Máximo Gómez, luego de que el Generalísimo entrara a Cienfuegos con su caballería a través de ella, único acceso a la ciudad en aquel tiempo.
Me siento satisfecho por la numeración que tienen las calles de mi ciudad, pues sobre todo se me hace fácil orientar a cualquier foráneo que busca alguna dirección, pero considero que sería igualmente sabio y justo que junto a la numeración actual se fijaran indicadores con los viejos nombres. Se evitaría la pérdida del acervo histórico que narran los nombres de nuestras calles y avenidas, al tiempo que se reafirma nuestra identidad cienfueguera y, por extensión, cubana. Y si pareciera poco, salvaríamos para nuestra querida ciudad ese detalle que denota distinción y buen gusto.

Aprendices de todo

Aprendices de todo

Así titulé este comentario al recordar de muchacho el viejo refrán aquel que reza: “aprendiz de todo: maestro de nada”. Era usual aplicárselo a quienes empezaban a estudiar una especialidad y luego la dejaban para comenzar otra, y así sucesivamente. En fin, esos “eternos” estudiantes que después de muchos años calentando pupitres en incontables aulas, jamás asistían al banquete del acto de graduación. Algunos casi, pero otros no alcanzaban ni al tiempo de la merienda.
Lo anterior me invitó a reflexionar, pues valiéndome de que todo es relativo, llego a la conclusión de que ser “aprendiz de todo” es hasta cierto punto bueno aunque, en el decir antiguo, pudiera no serlo en absoluto. Todo esto depende de a quiénes y por qué se les aplica el término.  
Si nuestros antepasados más cercanos hubiesen alcanzado conocer los ordenadores y sus posibilidades; los fenómenos naturales que se manifiestan uno tras otro con incidencia casi vertiginosa; los avances en materia de electrónica, salud y los infinitos campos del saber, entonces hubieran entendido de que, en cierta medida todos y cada uno de los seres que habitamos este mundo que va tan deprisa, necesitamos ser “aprendices de todo”. Si esto es cierto y demostrable para cualquier persona de la contemporaneidad, ¿qué decir para los hombres y mujeres cuya profesión consiste en informar, comunicar, ilustrar y orientar acerca de las realidades nuevas y mutantes que nos circundan?
Lo que ayer fue azul, amarillo o de ambos colores, hoy es verde o rojo. A veces todo cambia de un modo tan caprichoso - ¡increíble! – que las realidades dejan atrás a la lógica y el academicismo. Generalmente la mejor manera de ser consecuentes y fieles a un concepto en una nueva época, significa hacer las cosas de manera distinta. Si se opta por la rigidez, buena parte de lo que se procura sostener se desharía como el puñado de sal en el agua. Aprendamos de los huracanes: ¿por qué los árboles más robustos se quiebran y las ramas débiles se mantiene incólumes? ¿Cómo es que a veces los organismos dotados de más inmunidad biológica perecen, por su propia reacción defensiva ante un virus o bacteria, y en cambio organismos menos protegidos sobreviven al embate de las enfermedades? ¡Todo eso tan dialéctico!
Quienes leen se preguntarán a qué viene tanta retórica, si es que alguien califica así lo ya escrito. En primer lugar porque, ante todo, para plantear un punto de vista prefiero primero sustentarlo con algún elemento a mi alcance que lo avale. “Aprendiz de todo” resulta tanto como necesario en nuestro tiempo, imprescindible para nosotros que un día tras otro, mediante el ejercicio de la palabra por micrófonos, imágenes, prensa escrita y la Internet cumplimos la responsable tarea de informar y orientar a decenas de miles de personas en todos los ámbitos de la vida cotidiana y de la actualidad local, nacional, mundial y universal.  
¿Cómo, si no es siendo “aprendices de todo”, pudiéramos dar la visión más exacta posible de lo que cada día nos sorprende? ¿De qué forma puede dejarse en radioyentes, televidentes, lectores y cibernautas la más clara idea de un hecho si quien los da a conocer ni él mismo (o ella misma) conoce de su naturaleza, causas y posibles consecuencias? ¿No se parece eso al simple “corta y pega” que como marabú pretende infestar las abandonadas tierras de algún que otro intelecto?
El ejercicio responsable del periodismo y la información en los llamados medios de comunicación de masas transita, inexorablemente, por un compromiso continuo de autosuperación. No es que seamos especialistas en desastres naturales, medioambiente, ciencias agropecuarias, literatura o artes plásticas. Sí es que estemos identificados con esas y otras ramas del quehacer humano, cayendo en la cuenta de que cinco años en un aula de estudios superiores o cuarenta títulos colgados en la pared - ¡bellos adornos! – nada dicen si tras ellos no existen un compromiso y un quehacer de continua superación “día a día”, en la forja de una obra que no se talla dentro de una torre de marfil, sino en esa fragua impredecible, sorprendente y relativamente breve que es la vida, el hoy, aquí, ahora.
Los periodistas, radialistas, informadores, comunicadores, como queramos llamarnos, no podemos dejar de leer cada mañana la prensa para saber cómo amaneció el mundo que nos rodea; sería inaceptable perdonarnos no escuchar en la parada del ómnibus lo que opinan todos los que están cerca de nosotros, aún de lo que pudiera parecernos el asunto más trivial; sería como para ponernos frente al espejo y decirnos “cuatro cosas” cada vez que pasa un mes sin que hayamos leído un buen libro, o un solo día sin haber profundizado en la lectura de un artículo o estudio especializado.
Qué mal se oyen o se ven esos entrevistadores de “muy bien”, “qué bien”, “ah, sí”, “mire para eso”, “qué lindo”. Por suerte no abundan, ¡ni deben abundar! Los profesionales de radio, televisión y prensa somos gente de nuestro tiempo y tenemos un compromiso con la sociedad para informarla y orientarla en todas las ramas del saber, y para eso necesitamos ser “aprendices de todo”. ¡Hay que aprender de todo y de todos! Ese día que nos damos cuenta de que algo desconocemos, enseguida agenciarnos los medios y aprenderlo. Si no tuviéramos la fuerza de voluntad para lograrlo, podemos decir que ese fue un día perdido, peor aún: malgastado.
Recuerdo que antiguamente, cuando existían los terratenientes, ellos pugnaban por tener más tierras en su afán egoísta. Muchos  durante la noche corrían las cercas de sus propiedades para extender sus linderos. Nosotros, en el sano sentido de la palabra, estamos urgidos de cada momento correr las cercas de nuestro conocimiento para – no por egoísmo, sino como deber social – ofrecer siempre lo mejor de nosotros en bien común.
Coincido con mis abuelos en el viejo error de ser “aprendiz de todo: maestro de nada”. Estimo mejor ser: “aprendiz de todo: excelente en la información”. Así, como buenos aprendices, corramos la cerca que nos aparta de aquello que nos rodea y no sepamos explicarnos”.

¡Oriéntame, dame un Norte!

¡Oriéntame, dame un Norte!

Con una célebre teoría, el alemán Albert Einstein nos persuadió de que todo es relativo. Por eso cualquier concepto, fenómeno y realidad física o mental requiere de un referente para ser debidamente calificado, y aun así nos quedamos cortos porque esa “calificación” también resulta relativa, ya que parte de nuestros propios condicionamientos. Hace días que me ronda por la mente la duda, y es por eso que intento escribir sobre esto.
Sé muy bien lo lícito que es decir “al Sur del Norte” como “al Norte del Sur”, y otro tanto sucede con los puntos Este y Oeste, calificados también como Oriente y Occidente, Naciente y Poniente. Lo que sí me llama la atención es eso de… “oriéntame”, “dame un Norte”. Caramba, ¿por qué a nadie se le ocurre decir: “occidéntame”, “céntrame”, “dame un Sur”, “dame un Este”, “dame un Oeste”? ¿No se trata acaso, de una discriminación con los demás puntos cardinales, o será que quien escribe ha perdido los sesos? En otro caso pudiera ser cuestión de geopolítica, debido a la consabida preeminencia del Norte sobre el Sur, algo que afortunadamente va arrinconándose en los anaqueles empolvados de la historia. Mario Benedetti expresó poéticamente que “el Sur también existe”, y al eminente uruguayo le sobraron razones. Nadie miraba para acá, hasta que por fin nos pusimos en pie y alzamos la voz a gritos porque merecemos un lugar en la civilización y ese derecho, apelando a Martí, “no se mendiga, ¡se arranca!”.
Dejando de lado las connotaciones geopolíticas, filosóficas y demás, no sé ustedes, pero a mí me parece que esas expresiones “aclichesadas” - ¡anótenme ese neologismo, que no soy de los “corta y pega”! – tienen que ver con dos realidades: los comienzos de la navegación y la expansión del comercio. Pero vayamos por partes, ¡primero a lo primero! ¿estamos de acuerdo?
Lo del Norte, “dame un Norte”, pienso que antes del surgimiento de la navegación ya estaba en uso. Tomemos en cuenta la estrella Polar, que durante las noches sirve como guía a viajeros y navegantes para mantener el rumbo. ¡Y volvemos a Einstein!, pues todo es relativo y esa estrella, vista desde cualquier lugar del mundo en la noche - ¡si no hay nubes! – es la mejor guía práctica de todos los tiempos. Las primeras migraciones, y afirmaría que todos los asentamientos geográficos en los albores de la civilización, se realizaron gracias a  la ubicación de la estrella Polar en un punto ¡¿fijo?! de la bóveda celeste.
¿Y lo de “oriéntame”? En este caso, estimulando las sinapsis de mi sesera, apelo a la imaginación, que no por subjetiva resulta a veces iluminadora. El asunto hay que verlo con una óptica eurocentrista, como hubo de ocurrirle a la gente del Medioevo al Renacimiento. ¿Hacia dónde se dirigía el comercio de la primitiva Europa? ¡Hacia el Oriente! Fue cuando se hizo camino con las llamadas rutas de la seda y de las especias. ¿Hacia dónde irían aquellos mercaderes europeos? Por supuesto, en esa dirección, buscando el Naciente. Incluso Cristóbal Colón en 1492, cuando emprendió viaje, lo hizo con la esperanza de encontrar un nuevo camino a las Indias. El célebre Almirante puso proa al Occidente nada menos que para encontrar el Oriente. De ahí su error cuando denominó "indios" a los aborígenes del Nuevo Mundo,término del todo disparatado.
Antes que Colón, el veneciano Marco Polo (1254 – 1324) recorrió un camino al Oriente a través del actual Uzbekistán hasta el imperio de los mogoles, la India y China. Aquella travesía significó mucho para Europa que, gracias a la sabiduría oriental, incorporó adelantos, usos y costumbres concebidos como propios por nosotros mismos, latinoamericanos que aparecimos siglos más tarde como síntesis etno-cultural de estas tierras.
Cuando Colón llegó al Nuevo Mundo se auxilió de la brújula, de la cual los chinos, en el siglo X, ya tenían su propia versión. No haya duda de que Colón tuvo, de vez en cuando, que buscar “su Norte” para “orientarse” durante la histórica travesía.
Nuestro idioma es tan  pródigo que, probablemente, eso de “orientarse” constituya un préstamo de la usanza de entonces para moverse de un lado a otro guiados por el lugar donde aparece el Sol cada mañana. Pasado el tiempo, “orientarse” significa lo mismo buscar el rumbo geográfico, el afán de conocer a fondo acerca de algo y hasta pedir un buen consejo.
Me resta exhortarles a meditar sobre el tema, pues quizá alguien entre ustedes pueda aportar algo más, lo que me hará sentir satisfecho por haber dado a conocer esta inquietud que estimula mi curiosidad, aunque... para razonar "oriéntense", "no pierdan el norte" y recuerden que todo es relativo. 

¿Dónde y cómo surgió el sombrero?

¿Dónde y cómo surgió el sombrero?

¿Se les ha ocurrido pensar dónde y cómo surgió el sombrero? Por lo trivial del asunto, puede que el origen de esta prenda haya pasado inadvertido para la mayoría de nosotros. Lleno de curiosidad me di a la tarea de leer varios escritos que tratan acerca del sombrero, y recuerdo que en uno de ellos decía que en la antigua Mesopotamia, hace más de dos mil años, la gente se cubría la cabeza con una especie de tocado. Al parecer, ese fue el embrión de lo que más tarde sería el sombrero. Pero creo que el asunto no es tan sencillo y, por eso, he preferido poner a funcionar el maravilloso mecanismo de la imaginación, para responderme yo mismo algunas de las interrogantes.
Llegué a una primera conclusión y es que el sombrero, como objeto que responde a una cultura y a una época, tiene muchos orígenes. Hay algo en común a todos ellos, y es que su surgimiento se relaciona con la actividad humana de cada punto geográfico donde fue apareciendo. Pienso que fue el resultado de un proceso instintivo, a partir del momento mismo en que el hombre primitivo fue abandonando los bosques y las cuevas para enfrentarse a una intemperie hostil, al tiempo que necesaria para su propia supervivencia. Digamos que el instinto de conservación impulsó a los primeros antropoides a ponerse encima de los ojos, una de las que luego serían sus manos, para protegerse del sol o los relámpagos. ¡Esa fue la primera visera! ¡Su propia mano!
La misma mano sobre la cabeza, fue un reflejo ante el peligro de que algún fruto se desprendiera y le cayera encima. Hubo una primera vez que le ocurrió, pero en lo adelante ya tomó sus medidas. Así que por ahí, según mi idea, puede que ande la pista de lo que más tarde llegaría a convertirse en un sombrero.
No es de extrañar que los primeros sombreros se remitan a Mesopotamia y Egipto, para luego aparecer en Europa. La fecunda actividad agrícola entre los ríos Tigris y Éufrates, así como las abonadoras crecidas anuales en el fértil Valle del Nilo, propiciaron el desarrollo de la agricultura. El hombre de entonces tuvo que permanecer horas bajo el sol atendiendo sus cultivos, y necesitaba protegerse del resplandor solar y las lluvias. Por otra parte, las amplias regiones desérticas de África, como el Sahara y Abisinia, obligaban a sus conglomerados humanos a usar una indumentaria que les cubriera cuerpo y cabeza, tanto para protegerse del intenso frío nocturno, como para mantener el equilibrio térmico durante el día, muy caluroso, mediante la conservación del agua transpirada por la piel.
En África meridional, el sombrero no constituyó una necesidad perentoria desde los primeros tiempos. Las grandes regiones de selvas y bosques mantenían un clima húmedo, y la gente de esos parajes era poco afectada por la agresividad del sol. Es cierto que en esas zonas sí llueve mucho, pero esa no debió de haber sido una motivación para que allá surgieran los sombreros. Más bien llegaron allá procedentes de Europa, junto con los colonizadores. Y se impusieron debido a que los extranjeros empezaron a talar grandes áreas boscosas para fundar pueblos y establecer plantaciones destinadas a cultivos diversos.
Otro caso es la región de Tanzania, con sus praderas que se pierden en el horizonte, y donde sí debió de haber aparecido una forma de sombrero que más tarde evolucionó con la presencia de los modelos provenientes de Europa. En algunos casos, el sombrero ha sido cocina móvil. Se arma todo un dispositivo encima de la cabeza donde se va calentando la comida mientras la mujer labora en el campo.
Pero en el viejo continente, parece que fue más complicado. El clima templado obligó a sus antepasados a trabajar duramente la tierra, y a dedicarse al pastoreo. Tales circunstancias exponían a la gente a los azotes de la intemperie; lo mismo al sol, la lluvia o las heladas. Por eso las pieles de animales, sobre todo con mucho pelo, constituyeron la principal materia prima para los sombreros de los europeos primitivos. Algo muy distinto a las zonas tropicales y subtropicales, donde las fibras vegetales han resuelto muy bien el problema, pues sólo hace falta protegerse del sol. Un sombrero de piel de oso en el trópico es algo más que una extravagancia. Bueno, a no ser que se presente un frente frío de anjá.
Al surgir las castas, y luego las clases sociales, el sombrero pasó a ser muchas veces representativo de la dignidad de quienes lo portaban, fueran autoridades civiles, judiciales, militares, religiosas o de la nobleza. Un tipo de sombrero decía por sí mismo la clase social y la posición económica del personaje sobre cuya cabeza descansaba. ¿Acaso las coronas de los reyes no pudieran considerarse una variedad de sombrero, de la más alta distinción?
No sé qué piensan ustedes, pero considero que el sombrero surgió en muchas partes, bien distantes entre sí, de acuerdo a sus características propias. Formas y materiales, condicionados por el paisaje geográfico, el clima y las actividades económicas. Con el paso del tiempo y la aparición de los intercambios comerciales y las transmigraciones, surgieron las simbiosis de dichas prendas.
Hoy existen miles de clases de sombreros, desde los clásicos de fieltro hasta los que se tejen en la América Central y del Sur con fibras vegetales de los más variados tipos y bellas texturas, incluyendo nuestros típico sombrero cubano tejido de yarey o guano.
En años recientes han aparecido sombreros muy pintorescos que usan nuestras muchachas en las playas; unos, tejidos con las pencas de los cocoteros, y otros hechos con hojas de uvas caletas.
¿Qué opinan ustedes de cuanto acabo de comentarles? Les reitero que no he escrito una historia, sino esto sería como decir en voz alta lo que ha llegado a mi imaginación. ¿Acaso no puede ser verdad? Si en definitiva, los seres humanos nos distinguimos por imaginar antes lo que luego realizamos, pudiera ser posible que también seamos capaces de imaginar lo que realizaron nuestros antepasados más lejanos.
Les invito a practicar el ejercicio de la imaginación. A lo mejor descubren algo nuevo sobre el sombrero, o acerca de cualquier otro acontecimiento humano. Puede que un cierto toque de aparente fantasía, descubra lo que infructuosamente no han logrado encontrar el testimonio y la evidencia.

Ikebana: arte floral de Japón

Ikebana: arte floral de Japón

Japón es un país que cautiva por muchos motivos. El llamado "país del sol naciente" desarrolló tecnologías de punta a partir de la segunda mitad del siglo XX, tras el final de la Segunda Guerra Mundial cuando se les prohibió el rearme. Allá se puso en práctica el transistor, componente fundamental de la electrónica, tan pronto fue concebido a finales de los años 40s del siglo pasado, innovación que dio al traste con los vetustos equipos operados por válvulas al vacío, y que más tarde cedió el paso a los ultrarápidos microprocesadores. Unido a ese desarrollo que se enraíza en la postmodernidad, el país asiático continúa conservando con celo tradiciones milenarias, que  mantienen su actualidad. Es una característica del espíritu de toda Asia, donde es general el empeño por mantener la esencialidad de sus pueblos, la manera de concebir la existencia, y de vivirla consecuentemente con sus rituales y costumbres.
Más de 127 millones de japoneses - ¡y japonesas! - comparten el territorio patrio con una densidad de población próxima a algo más de 300 habitantes por kilómetro cuadrado, conscientes de su condición de isleños, pues el territorio japonés lo integra un extenso archipiélago.
Mucha gente en Japón desarrolla un arte relacionado con la Naturaleza, y por eso impregnado de esa belleza que no pasa. Ese arte es conocido como Ikebana, y consiste en el arte del arreglo floral.
El origen del Ikebana data de una antigua tradición practicada por budistas chinos para obsequiar flores a Buda. Es un arte del siglo VI de n.e. llevado a Japón por los chinos que visitaban el país con el propósito de difundir el budismo. Durante mucho tiempo mantuvo el Ikebana su carácter religioso, pero con el tiempo fue adoptado como expresión artística, para lo que fue necesario esperar casi nueve siglos.
En el Ikebana, además de las flores, se utilizan otros componentes naturales como hierbas, hojas, ramas, frutas y semillas que no escapan de tan delicada expresión. Casi siempre son aprovechados elementos naturales autóctonos de Japón, aunque se le han agregado otros llevados desde latitudes más lejanas.
El arte floral del Ikebana lo practican mujeres que se inscriben en escuelas especializadas que abundan en el país. Cualquier alumna de Ikebana sabe que lo más importante para desarrollarlo a plenitud tiene que ver con el diseño de la obra. A eso le siguen el color, formas y líneas del diseño. Y...¡algo importante!: En sus primeros tiempos era un arte exclusivo para hombres; fue más tarde que las mujeres hicieron mayoría, aunque hay varones que  siguen practicándolo.
En el Ikebana los colores se toman directamente de la Naturaleza, pero como nada ha podido sustraerse a la modernidad, las nuevas escuelas de ese arte conciben la adición de colores artificiales. Cada material tiene una textura definida, mientras que el factor lineal está dado por las ramas que se aplican a cada obra.
Hoy en día abundan las escuelas de Ikebana en Japón – suman miles – y en ellas se acomodan las corrientes más tradicionalistas con las contemporáneas, que utilizan elementos importados.
Se trata de un arte "sui generis" que como su estilo de vida y cosmovisión encarna una filosofía, un modo de concebir la armonía mediante símbolos únicos que a la vista de cualquiera, sin que sea necesariamente japonés, deviene obra de apreciable valor natural, estético y, por supuesto, humano.

¡Bravo por Chopin!

¡Bravo por Chopin!

Este año Federico Chopin celebró su cumpleaños doscientos. Parece increíble, pero fue así. Sólo a los inmortales les es dada esa dicha. ¡Y no es para menos! Gran arte, vida breve: esa es la paga para, en cambio, vivir eternamente. No sé si fue esa su meta, pero Chopin la consiguió, tal vez sin haberlo querido. Amó la vida; tuvo ocasión de hacerlo. La pasión por su patria tantas veces codiciada, agredida, ocupada y en litigio geográfico, más las incomprensiones y turbulencias de amores tan efímeros como su propia existencia hicieron ocasión para que todo le fuera tan breve como intenso. No cabía otra manera para un espíritu romántico cuya vehemencia encontró cobija entre las notas arrancadas al viento tras tardes y noches de suspiro y llanto.Sus mazurcas y baladas resuenan entre toda la obra ésa grande que lo trascendió. Fue entre los clásicos este romántico un raro espécimen que alcanzó popularidad, debatiéndose entre el ímpetu patriótico y la melancolía amorosa. Tengo en mis oídos el recuerdo infantil de su Nocturno Número Uno y de la Polonesa Heroica, cuadros que pintan con pinceles de música escenarios que le fueron refugio, ardor y pasto donde yacer. Tomó el piano para sí como amigo que con policromos tañidos relanzaba presto sus confidencias. Alegrías, dolores, orgullo, resignación… todo cuanto le dijo con sus manos, el piano lo redimensionó con timbres y tonos antes jamás concebidos.

Nació el polaco genial  el primer día de marzo de 1810 en Zelazowa Wola, localidad no distante de Varsovia. Hijo de padre con sangre francesa, el muchacho recibió una educación marcada por el esmero y la exquisitez. Pronto se vio en los salones de la aristocracia polaca, y luego en la de Viena cuando la guerra lo hizo huir de su país natal, para no demorar el regreso urgido por sus amores con su compatriota Constanza Gladkovska hasta que, rota la relación, marchó a París donde lo sorprendió el movimiento Romántico entonces en boga, y alcanzó la amistad de otro grande, Franz Schubert, quien calificó de genio al joven músico polaco.
La ruptura con Constanza lo había dejado en la infelicidad, a pesar de que con su arte se enseñoreaba en los más refinados salones europeos. Pronto le llegó otra de esas pasiones tan atormentadoras como su propia vida, la hermosa George Sand, quien brevemente llenó su vacío durante cerca de ocho años; amor eclipsado por la frágil salud del músico quien, procurando lugares de calma y solaz fue a Palma de Mallorca. Alejado de la música, buscando salud, sólo halló melancolía. Finalmente regresó a París y allí terminó su relación con la actriz para sumirse en una tristeza tal, que a su regreso de una visita a Londres lo llevó a su final cuando apenas contaba treinta y nueve años. Fue cuando definitivamente volvió a nacer para prolongar su vida a través del arte.
Chopin murió para vivir. Su vida regresa cada vez que un piano entona las notas que su atormentado espíritu concibió.