Blogia

Cuba Latino

Escribir es una forma de locura

Escribir es una forma de locura

¿Neurosis obsesiva-compulsiva? ¿Paranoia? ¿Descarga emocional? ¿Impulso onírico? Perdónenme, no sé cómo definir esa estampida  que me lanza de un tirón ante el teclado para dejar mi cerebro casi vació, como cuando se agarra a una persona por los talones sacudiéndola cabeza abajo, hasta que caen al suelo los últimos centavos que le quedan en los bolsillos.
No dudo en creer que el acto de escribir cubra una necesidad interior y cuando la idea ya está en sazón empieza uno a sentir cómo el oleaje lo empuja.  Así es, y que nadie piense que la prosa es sólo inspiración – existe algo  de ella, pero en la más ínfima proporción - porque ante todo hay que motivarse con una realidad vivencial, y es que ese impulso prístino exige meditar, reflexionar, ¡mucho de vida!, - se trata de nervios, sangre y músculos  contraídos - una que otra consulta y otra más, horas de mente en blanco cuando parece que todo lo sentido un momento antes fue como atrapar el viento,  pues al ir voluntariosamente a escribir no sale nada, lo mismo que cuando el conductor  se sienta ante el volante y por falta de combustible el auto no responde. ¡Qué angustia! Eso me recuerda el libro de poemas del boliviano Pedro Shimose: “Quiero escribir, pero me sale espuma”. Cuidado con eso, porque las neuronas están detenidas por la luz roja del intelecto; no las presiones, lo que entonces sale es materia inútil que casi siempre paraliza el quehacer.  
Al fin… ¡escribí! ¡Qué maravilla! Lo leo y me siento todo un titán, pero… al siguiente día… En esto hay que ser sincero con uno mismo: cuando engaveto y vuelvo a leer, la mayoría de las veces me domina la tristeza, al extremo de preguntarme cómo he sido tan iluso de creerme escritor.  Dicen los consagrados que a ellos les pasa lo mismo -¡vaya, eso es un consuelo si de algo sirve! - y puede que sea lo único en que me les parezco, aunque sea como simple caricatura. Leo, releo, recontraleo y empiezo a ver cuánta superfluidad fui capaz de embutirle al texto, ¡y que no se ría si quien lee también escribe!, puede que alguna vez lo haya hecho peor. Nada tan fatuo como creerse la estrella del show en la peliaguda profesión de escribir, ¡o al menos en su intento!   
¡Pobre de quienes con un poco de rimbomba escriben y de la primera vez se consideran merecedores de un Nobel o un Pulitzer! Mejor es ponerse por jornadas a “pulir” lo escrito, no sea que nuestros amados papeles paren al basurero tras un indeseable final higiénico y nadie más los recuerde.   
Escribir…, sea como periodista o escritor… ¿dónde radica la diferencia? ¿Existe? ¡No me llamo a engaños! Un buen periodista porta en sus neuronas el ADN de un buen escritor, ¡y al revés! Evito eso de “viceversa”… ¡lo usa tanta gente…! Periodismo y literatura son, ante todo, vida vivida, y ¡qué preciosa redundancia esa!, porque es la vida propia que se “vive” y metaboliza recuerdos renacidos más tarde en la grafía. Un buen periodista de géneros aporta y, si no lo hace, entonces lo que hace ¡poco importa! La trascendencia del género es una auténtica transpiración de lo real a lo interior devuelto poco después, una especie de metamorfosis donde se mezcla la realidad, lo onírico y lo imaginativo. El periodismo en su mejor categoría es aquel dotado de formas expresivas novedosas, únicas, retomadas alguna vez, atrevidas siempre y muy caprichosas. Un periodista literario es, en esencia, un neologista. Si no es así, mejor que levante actas en el rincón del aburrimiento y la autocomplacencia. El periodista literario no debiera ser jamás un cronologista, muy distante de cronista, y de esto pudiera escribir más en otro momento.  El cronologista enumera mientras que el cronista pone en movimiento  vital todo cuanto le circunda, ve y vive.    
No los canso más. Puede que discrepen y eso es bueno; mas... luego de tanto empastelar  ideas repito que para mí escribir será siempre una forma de locura… ¡sublime locura! Y que sobreabunde hasta el hartazgo, pues sin ella no sabría cómo vivir.

Pedro Vargas en Cienfuegos

Pedro Vargas en Cienfuegos

Una noche de mayo en 1939 Lilian, como otras muchachas cienfuegueras, se preparaba para ir acompañada por su mamá al Teatro "Tomás Terry", donde se había anunciado la presentación del intérprete mexicano Pedro Vargas, conocido como el Tenor de las Américas y el Samurai de la Canción, esto último, seguramente, por aquella mirada de intención asiática y cierta caída de su párpado derecho.
Lilian buscó su mejor vestido para la ocasión en un anochecer que, cubanamente primaveral, tras una lluvia de ocasión revelaría un cielo abarrotado de estrellas. En aquellos tiempos Pedro Vargas se dedicaba al canto lírico iniciando sus presentaciones con la Orquesta Típica que dirigía el maestro Miguel Lerdo de Tejada. En 1930 ganó el primer lugar en un concurso de valses, y tres años más tarde emprendió su primera gira fuera de México junto al músico músico poeta Agustín Lara y la intérprete Ana María Fernández.
Cienfuegos se vistió de gala para recibirlo y su debut en la Perla del Sur fue el 10 de mayo de 1939, según se narró en la prensa local de entonces.
Me contó Carlos, hijo de Lilian, que por aquellos días su mamá asistió también al Liceo de Cienfuegos (hoy Biblioteca Provincial "Roberto García Valdés") a una recepción organizada por admiradoras de Pedro Vargas que departieron con el artista y le solicitaron su fotos y  firma de autógrafos.
Con gentileza Carlos  me prestó la postal con la foto que el Tenor de las Américas dedicó a su progenitora cuando ella apenas era una jovencita de diecisiete años. Poco antes de morir, le explicó a su hijo que la postal se la autografió Don Pedro en aquella ocasión. Hoy me sorprende ver que la postal tiene fechado 1938, cuando las crónicas de la época afirman que su debut en Cienfuegos tuvo lugar al año siguiente. Tal vez - me atrevo a imaginar - Lilian lo haya visto en alguna presentación radiofónica anterior en La Habana, cuando le dedicó la foto, y que la memoria le hubiera fallado. Quién sabe si en 1938 estuvo en Cienfuegos, no a cantar y sí a encontrarse con su club de admiradoras; puede que la primera visita del Tenor a Cuba haya sido en 1938 y al año siguiente visitara Cienfuegos, para presentarse en el teatro, aunque considero que ninguna de esas elucubraciones debiera aguarnos los sesos. Lo trascendente es que a fin de cuentas esa gran figura de la música mexicana y latinoamericana se sumó a los tantos prestigiosos visitantes que han visitado nuestra ciudad, entre quienes pudiera mencionar a Enrico Caruso, Jorge Negrete, Chucho Martínez Gil, Joan Manuel Serrat y otros cuyos nombres no recuerdo en este momento.
Pedro Vargas Mata, el formidable intérprete mexicano nació en San Miguel de Allende, Estado de Guanajuato, en 1906 y vino a Cienfuegos recién cumplidos 33 años, para llenar el escenario del Teatro "Tomás Terry" con aquella voz romántica y apacible que recuerdan los más viejos y cautiva a las nuevas generaciones que saben distinguir lo bueno.
El Tenor de las Américas dejó de existir en 1989. La otrora joven Lilian, también murió en el año 2002 y años después, su hijo, a quien agradecí haberme facilitado la postal. En su recuerdo perduró hasta día final el momento de encontrarse con el artista que tanto admiró y haber recibido de su puño y letra una dedicatoria encima de su foto.
Así como pudo ser la alegría de Pedro Vargas al  cantar en Cienfuegos - y la de la otrora jovencita Lilian al conocerlo - emociona evocar su presencia en una ciudad que señorial, elegante y hospitalaria recibe con respeto a cuantos la visitan.

El sonido de las palabras

El sonido de las palabras

¿Por qué a veces el mensaje hablado por la radio se diluye antes de llegar al órgano auditivo del oyente? ¿Por qué puede percibirse la idea opuesta a la que se desea expresar? Razones hay muchas, pero una de ellas consiste en el sonido de las palabras.
Siempre que se escribe para la radio debemos tener presente una perspectiva: “escribo para que esto sea leído por un locutor o locutora, pero lo más importante es que escribo para que sea escuchado.” ¿Es siempre así? Me atrevo a decir que lamentablemente no siempre lo es, y por muchas razones que van desde la improvisación en el medio – que implica desconocimiento de sus reglas – hasta falta de quienes por la prisa no se detienen a meditar acerca de: “cómo escriben lo que ¿¡escriben!? para ser oídos”.
Afirman los teóricos más avezados que cuando se redacta para la radio, cada cierto tiempo y en medio del quehacer habría que preguntarse: “¿qué estoy queriendo decir con esto?” Es un recurso tan válido como cuestionarse también, tras releer en voz alta lo escrito: “¿se entiende, acaso, de la manera como lo digo?” El respeto profesional – y si hay profesión y oficio hay respeto – recomiendan que estas preguntas permanezcan constantes en la agenda de quienes redactan para la radio, tan adheridas a su conciencia como sus dedos al teclado del ordenador o la máquina de escribir.
En el más sano modo de pensar, la falla de algunos radica en la transposición del oficio de escribir. Muchos excelentes redactores de prensa plana y escritores de ficción, en algunos casos, hacen su legítima incursión en el medio hablado. Los textos que escriben son impecables desde el punto de vista sintáctico, orden de ideas y estructura general, pero… ¿qué hay con los sonidos?
Escribir para la radio es una profesión compleja. Hay sintaxis y estructuras gramaticales correctas que no se ajustan al medio por la única razón de que su sonoridad se desvirtúa en el éter. Incluso ocasiones en que, conociendo la palabra exacta, el imperativo sonoro sugiere utilizar otra parecida que ofrezca la imagen aunque no sea, necesariamente, la totalmente adecuada. Si la imagen se consigue con otro vocablo, hay que utilizar ese y no otro. Las palabras, de acuerdo con las letras que las forman, emiten una intensidad de sonido específica que si el oído no la capta, falla la efectividad del mensaje por ruptura de la secuencia del discurso.
En primer lugar, quien habla por la radio debe producir armónicos vigorosos, de frecuencias elevadas. Eso lleva entrenamiento tanto en lo que a modulación vocal se refiere como en la redacción y composición de los textos hechos para ese fin. Con lo que acabo de enunciar puede inferirse que tenemos tema para dos cuestiones: la vocal y la estructura del lenguaje escrito. El objetivo de este comentario es lo segundo.
Para no desviarme del tema, partimos de que cada letra y cada estructura armónica en su contexto, requieren una estructura específica. Las letras, en particular las consonantes, son esencialmente decisivas en esta cuestión. Las vocales, en cambio, llevan desventaja en su mayoría, de modo que cuando se escribe para la radio debemos prestar atención al poder de las consonantes.
Son las consonantes y su correcto empleo las que deciden si “lo que se habla” puede o no entenderse por el radioyente. Consideremos también que ellas – las consonantes – tienen la virtud de ser portadoras de un subyacente sonido vocal, y que al combinarse con las vocales propiamente dichas se articulan para crear sonidos claros e inequívocos.
Entre las vocales, las que conocemos como “abiertas” o “fuertes” gozan de ciertas virtudes (A, E, O), principalmente la A, que es la capital de todas las vocales. Probemos, en cambio, con las vocales “cerradas” o “débiles” (I, U) y notaremos como tienden a resultar pianísimas, se diluyen en la misma pronunciación haciéndose casi imperceptibles, a no ser que el locutor o la locutora las proyecten deliberadamente con mayor intensidad. Eso semeja a una obra clásica que en un momento determinado apenas se escucha, en su momento pianísimo; si por desconocimiento subimos el atenuador, entonces, cuando la intensidad sube llega el estruendo: la agresión sonora cercana al umbral doloroso, además de una imperdonable distorsión.
Cualquiera puede pensar que el problema de la sonoridad de los textos está en manos de locutores y realizadores de sonido, pero lo cierto es que son los redactores quienes deben manejar con oficio cada situación. En el conglomerado de las consonantes hay unas más fuertes que otras, eso es: que suenan más y mejor. Son esas las que debemos apropiarnos cuando escribimos para la radio, siempre que el buen tacto y la cordura lo aconsejen.
Un recurso necesario consiste en poseer un buen diccionario de sinónimos y antónimos. No se trata de caer en un estado obsesivo-compulsivo; más bien todo consiste en comprender la importancia de las consonantes y la recomendable preeminencia de las vocales “abiertas” o “fuertes” en la redacción con fines radiofónicos. Para ir al directo sugiero evitar los prefijos “im” lo mismo que las palabras que comiencen con “in”. Como ejemplos, si en mi redacción para la radio voy a escribir que “aquello es imposible”, puedo sustituirlo por “aquello NO es posible” o, mejor aún, por “aquello es absurdo”, “aquello es difícil”, tomando en cuenta la intencionalidad del texto, algo también a considerar. ¿Saben qué acabo de hacer? Consulté mi diccionario de sinónimos y antónimos. Pero… ¡con sensatez! La palabra que usemos debe estar dentro de los códigos generalmente aceptados por el destinatario a quien se dirige el mensaje. Resultaría cursi decir entonces: “aquello es quimérico”. Es una palabra conocida, pero por un público más restringido, y en radio debemos utilizar el lenguaje más comúnmente aceptado.
Tengamos todo esto presente. Que cada uno reflexione y practique, porque solamente la constancia y la superación personal se ocupan de desbrozar las mil y una dudas o incoherencias que pueden acechar a quienes escribimos para la radio. Es cuestión de paciencia, ejercicio incesante (dígase “persistente” si es lenguaje radiofónico) del conocimiento y ¡mucho oficio!

Ceiba caprichosa y altiva

Ceiba caprichosa y altiva

Hay muchas ceibas históricas, pero Cienfuegos tiene una que ha roto varios records. Desde que yo era muchacho, siempre alrededor del mes de febrero, ese árbol enorme ha hecho de las suyas con transeúntes y automóviles. Ella no se las entiende, lo mismo hace resbalar a un anciano que pone a girar sobre sí la camioneta más pesada. Autobuses llenos de personas han hecho giros de 180 grados por obra y gracia de la fabulosa ceiba de la calle Santa Elena y Gloria. Cuando nací ya era una señora ceiba, ¡y qué señora! A pesar de los aprietos que todavía provoca entre alguna gente, no hay persona de esta ciudad que deje de sentir orgullo de ella.
Me acuerdo cuando cursaba la primaria en la escuela que está frente a la ceiba; en una clase de Geografía la maestra nos habló de las sequoias, árboles gigantescos –  altos y anchos – que nada más existen en un Parque Nacional del Estado norteamericano de California. Quedamos ojiabiertos al observar en nuestros libros la foto de la sequoia General Sherman, el mayor de todos los árboles vivientes hasta el día de hoy. Mide 90 metros de alto y su base tiene 12 de diámetro, lo que equivale a un edificio de ¡20 pisos! Dicen que su madera es suficiente para construir 25 casas de 6 pisos cada una, y en cuanto a la edad… ¡tiene más de 3,500 años!
Cualquiera se maravilla con semejante inmensidad de árbol, pero lo cierto es que la ceiba de mi Cienfuegos nada le envidia; no será tan grande ni vieja, pero tiene una dignidad que le zumba el mango. No hemos tenido que importar árboles para tenerlos de dimensiones considerables. Me parece acertado afirmar que, tal vez, muchos aborígenes de esta comarca durmieron a su sombra.
El majestuoso árbol de Santa Elena y Gloria no es una sequoia: es más que eso por ser el árbol nacional cubano, y tras vencer los vendavales tan comunes en la región del Caribe, cuando era bastante pequeña, hoy permanece erguida como muestra de su orgullo natural.
Hace tiempo un vecino me dio su versión – no verificada por mí – acerca del nombre de la calle Santa Elena, hoy avenida 60. Me dijo que en esos terrenos ya urbanizados hubo una finca llamada Santa Elena; que al pasar el tiempo y crecer la ciudad, entonces el trazado urbano llegó al área de la supuesta finca y la calle principal que conduce a las cercanías del Parque Martí adoptó su nombre.  
De esa ceiba sentimos orgullo todos los nacidos en Cienfuegos; si es cierto que a través de las sequoias californianas pueden pasar automóviles, no me equivoco al afirmar que a través de mi ceiba pudiera suceder algo parecido, al menos un auto pequeño o una moto con sidecar, en caso de hacerle una perforación.  La frescura de la ceiba de Santa Elena y Gloria es providencial, pero son muchos quienes se han visto en apuros, ruborizados por el ridículo cuando caen al suelo después de la lluvia en tiempos de su florecimiento. En los meses de febrero y marzo la ceiba pierde las hojas, pero ahí están sus flores de aroma agradable, que cuando su polen se moja se torna más resbaladizo que el jabón. Suerte que desde hace tiempo se mantiene una limpieza sistemática del área para evitar lo que más que un “tablazo” de mal gusto pudiera convertirse en un accidente lamentable.
En las décadas de los 50s y 60s las lluvias eran todo un espectáculo que sacaba al vecindario de sus casas a la espera de quién sería el próximo incauto en rodar por la acera. Hubo un momento que se habló de cortarla, pero… ¡cuidadito! Nadie se ha atrevido a hacerlo, pues según la religiosidad popular quien corte una ceiba…”canta el manisero”, que en cubano equivale a decir: “se va para el otro mundo”. Me decían los ancianos del barrio que en su follaje habita Iroko, un orisha mayor, aunque mucha gente pone a sus pies ofrendas al orisha Obatalá, y se dice que la ceiba es el bastón de Olofi, creador del mundo, todos ellos deidades de las creencias provenientes de África y practicadas en Cuba, el Caribe y América por mucha gente. No faltaron los que dijeron: “eso es superstición”, pero lo cierto es que nadie se ha atrevido a cortarla… ¡por si acaso!
Es común que aparezcan bajo ella ofrendas depositadas por creyentes así como las llamadas “limpiezas” recomendadas por algunos cultos sincréticos. La parte fea es cuando personas sin la menor consideración, depositan algún que otro desecho y provocan malestar a vecinos y transeúntes. Más allá de cualquier connotación cultural o simbólica, es una dicha que la ceiba se mantenga majestuosa y le siga poniendo su toque de belleza al paisaje local.  
Antaño fue para mí una amiga discreta; de muchacho acostumbraba hacer alguna que otra travesura llamando por teléfono a los vecinos, y luego me escondía tras la ceiba para ver el revolico que se armaba. También me sirvió de refugio cuando, merecedor de una zurra, era mi parapeto ideal hasta que en casa se calmaran los ánimos.
Obviando esos detalles, es evidente el orgullo de Cienfuegos y su gente por la ceiba de Santa Elena y Gloria, porque prevalece la belleza y altivez de un árbol frondoso y centenario, con su toque original.
La de Cienfuegos no será una sequoia, pero es nuestra ceiba, ¡y vaya qué ceiba!

Cuantas formas de decir "te quiero"

Cuantas formas de decir "te quiero"

Es una vieja tradición celebrar el Día de los Enamorados. Qué bueno es tener un día para evocar el sentimiento humano que armoniza con el deseo instintivo propio de toda especie. Ciertamente nos identifica el amor como algo más allá del impulso biológico, y va lejos hasta convertirse en el andar juntos, compartir un mismo proyecto, soñar los mismos sueños, reir las mismas alegrías y sufrir a la par las mismas penas para volver juntos otra vez a levantarse y proseguir la misión sustentadora de esa institución afectiva llamada familia.
Hoy se ha extendido la celebración al amor y la amistad, y me parece bien porque el amor mismo de la pareja no es otra cosa que un vínculo íntimo de amistad en una dimensión más profunda. En cuanto a la amistad que manifestamos hacia otras personas, eso en el mejor sentido entraña un sentimiento de amor y cariño, de empatía porque en nuestras relaciones interpersonales sabemos ponernos en lugar del otro o de la otra para ser lo más justos posible cuando valoramos sus actitudes y conducta. Aunque es así, hoy hago alusión al concepto de amor en la pareja porque es la piedra angular para la perpetuación de la especie. Si no existiera esa forma primaria de amar, entonces el mismo amor sería inexistente, abstracto, utópico.
El amor en su sentido biológico ha existido siempre, desde el primer protozoario que apareció en este planeta, sin conciencia de sí, pero queriéndose en su instinto de conservación.
Tal vez algunos piensen que estoy filosofando, casi especulando en lo que pudo haber sido prehistóricamente el amor, pero… prefiero comentarlo así antes de perderme en las manidas y cursileras descargas que a fuerza de diletancia edulcoran renglones, embobecen las almas ávidas de simplonería – muchas veces necesaria para el acomodo fisiológico y emocional – aunque, al fin y al cabo no pasan de eso. ¿Para qué regalos costosos un solo día del año si los restantes muchas parejas olvidan besarse antes de dormir o pronunciarse un leve mimo al despertar o durante el resto de la jornada? El amor no es una práctica, ni una técnica, ni el escape pasional momentáneo; el amor es la constante autoreafirmación humana expresada en la mutualidad signada por la ternura.
Cuánta razón tuvo Martí para definirlo como “delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto”… condiciones para ser cumplidas por los dos en plenitud y que tienen como principal divisa la mutua y total pertenencia que definimos como fidelidad.
Antes de ponerme a escribir revisaba varias postales de familia, casi todas de los años veintes del siglo pasado. Entre ellas leí una dedicada al dorso por mi abuelo paterno a mi abuela, ya casados entonces, un Día de los Enamorados. Dice así: “¿Ves esta cosa preciosa que presenta esta postal? Es más bella y más hermosa tu imagen angelical”. Aquel amor de antaño expresado en esa dedicatoria hizo posible que hoy escribiera este comentario. Ellos ya no están, pero su amor permanece en la continuidad de cuanto su unión creó y multiplicó. Y ojalá que cuantos somos y existimos seamos fruto del amor.
El amor prevalece y vale que tenga su día para festejarlo, no como recordatorio de veinticuatro horas en todo un año, sino para alegrarnos de sentirlo y practicarlo cada día de nuestra vida.

El hombre de La Edad de Oro

El hombre de La Edad de Oro

 Exhibo con orgullo la portada de este libro. Desaliñada por el paso del tiempo y el uso continuado – para eso son los buenos libros – la contemplo hoy, a la vuelta de cuarenta y siete años más hermosa que nunca; incluso más que aquel lejano día cuando uno de mis tíos me lo trajo como regalo que hoy le agradezco como nunca antes porque con apenas diez años, a veces no se puede estimar el valor de un buen libro. Es la etapa de jugar, vivir despreocupados de muchas cosas que nos rodean, excepto del afecto filial - ¡del que disfruté abundantemente! – y sólo al pendiente de la escuela, las tareas, el rato de jugar y ese instante, casi ritual, de sentarnos a la mesa para degustar el diario sustento. 
Este libro data de 1962, editado por la Editora Juvenil de la Imprenta Nacional de Cuba. Son reiteradas las nuevas ediciones del Instituto Cubano de Libro para que todas las generaciones de infantes accedan a él. De aquel tiempo recuerdo que nuestra radio cubana ya tenía espacios dedicados a los más pequeños de la casa. Baste mencionar que en horario vespertino Radio Rebelde transmitía Biblioteca Infantil - con seriados de grandes clásicos de la literatura para los más pequeños - y Los Niños, el Cuento y sus Canciones, con la impar Gina Cabrera encarnando al Hada de la Brisa en su Casa de los Diez Cascabeles. Estos espacios incluyeron los cuentos aparecidos en La Edad de Oro, algo retomado en programas posteriores. 
Gracias a La Edad de Oro fui llevado de la mano del Apóstol a lugares sorprendentes y exóticos. Visité aztecas, mayas e incas; cabalgué junto al cura Miguel Hidalgo a través del bajío mexicano; crucé los llanos de Venezuela acompañando a Bolívar y me vi junto con San Martín frente a las heladas cumbres andinas. 
Con Martí aprendí de la cultura griega y avancé en el conocimiento de la delicadeza y el patriotismo del pueblo chino. ¡Y qué decir de la indómita Indochina! Con su dote visionaria y en exclusiva para los niños de todos los tiempos, Martí alertó de cuánto tendrían que luchar los anamitas para alcanzar su independencia. 
Ternura, valores humanos, patriotismo y sentido de la universalidad evidenciados en cuatro revistas publicadas en Nueva York entre julio y octubre de 1889, hace ya 120 años, hoy compendiadas como un solo libro. A casi medio siglo de haberme principiado en su lectura, le hallo nuevas aristas de contenido y percibo circunstancias que entonces marcaban el ánimo de su autor. Caigo en la cuenta de que fueron años de soledad para el más brillante de todos los cubanos, tiempos de abandono marcados por la incomprensión de no pocos. Por eso se refugió en los más pequeños de América – los de ayer y los de hoy – para contarles historias capaces de transformar a niños y niñas en seres más comprometidos con el sentido que tiene existir y vivir. 
Ya pasó más de un siglo y las nuevas tecnologías exponen - ¡también imponen! – personajes increíbles que juegan con el cosmos y hacen justicia a su modo para que triunfe “el bien” sobre “el mal”. La televisión, los videos, DVD, y las computadoras, como ésta de la que me sirvo para escribir, maravillan con lo inmediato y emocional, pero muchas veces también efímero.  
Para vencer la prueba del tiempo ¡ahí está La Edad de Oro!, esperando que todos los niños de América la lean – o que lo hagan mamá, papá o los abuelitos y abuelitas – para enterarlos de las bellezas interiores del ser humano y de cada cultura; para que los más pequeños incorporen a sus vidas valores por los que hoy sigue luchando tanta gente honrada en América y en todo el mundo; para que sepan cómo el trabajo ennoblece y es un ingrediente de primer orden para ascender en la escala humana. 
Martí proclamó que los niños - y las niñas - son los que saben querer y son la esperanza del mundo. Sobre ellos descansa el mundo futuro, pues siempre lo hay, que no será posible sin ingredientes tales como el conocimiento, la solidaridad, la ternura y el amor a toda la Naturaleza. 
Verdades que tuve la suerte de conocer hace más de cuarenta años cuando por primera vez leí la obra de Martí dedicada a los niños. Desde entonces – como adulto y como el niño que aun late en mí – me enorgullece afirmar que el hombre de La Edad de Oro ¡es mi amigo!

Entre joropos y llaneras: música de Venezuela

Entre joropos y llaneras: música de Venezuela

Esta vez comentaré acerca de la música venezolana, de esa nación hermana donde naciera Simón Bolívar, tierra amada por Martí y hoy baluarte solidario de la América que añoraron los próceres de una historia extendida desde el sur del río Bravo hasta Tierra del Fuego.
 Venezuela en mi caso entraña una doble razón afectiva; en primer lugar como latinoamericano y también debido a la posibilidad de que para algunos hermanos de allá y quien escribe corra por nuestras venas sangre común. Desde pequeño supe que una tía abuela materna se trasladó de Cuba a Venezuela, entre finales del siglo XIX y principios del XX. La tía Laudelina, a quien nunca pude conocer, era mencionada frecuentemente por mi abuela Anita . De adulto supe que estuvo de visita en Cuba en la primera mitad del siglo XX para luego regresar a Venezuela, país donde fijó su residencia definitiva.
De allá por donde corre el Orinoco y pace traquilo y señorial el lago de Maracaibo; de la tierra donde se haya la región del Caripo, cuyas grutas del cerro Uruana guardan celosas un tesoro lleno de colores, de la hermosa Venezuela con llanos y selvas, hoy escribo con todo amor.
Al comentar de la música venezolana acuden a mi memoria recuerdos de un intérprete folklórico que visitó Cuba entre fines de la década de los cincuenta y comienzos de los años sesenta. Me refiero a Mario Suárez y su Conjunto, quien curiosamente se hizo popular por radio y TV con una pieza titulada NUNCA SABRÉ, versión al castellano de LUNA DE MIEL, de los autores M. Francois y P. Amel, y tema de la película homónima facturada en los Estados Unidos. De Mario Suárez se popularizaron otras piezas, sí auténticamente venezolanas, como el joropo VEN ACÁ, inspiración de Enrique Quijano. Las coplas de ese tema son inolvidables para quien las haya escuchado aunque fuera una sola vez: "Ven acá, que quiero bailar contigo, nuestro joropo que es orgullo nacional". En los años cincuenta Mario Suárez apareció por la televisión cubana en un antiguo programa titulado EL CASINO DE LA ALEGRÍA, y sus discos comenzaron a venderse. Mario tenía una voz suave y cadenciosa, y en la instrumentación destacaba el arpa ejecutada magistralmente por Amado Lovera. Otros temas que lo llevaron a la cima fueron: UN RUMOR, TENGO EL SENTIMIENTO HERIDO y MOLIENDO CAFÉ.
Otro colosal intérprete fue el tenor Alfredo Sadel, que gustó al público cubano y mantuvo  fraterna amistad con Benny Moré, El Bárbaro del Ritmo. Con el Benny a dúo Sadel grabó ALMA LIBRE, pieza de Juan Bruno Tarraza, compositor cubano nacido en Caibarién.
De aquellos tiempos que ya sobrepasan el medio siglo, fue también popular en Cuba el venezolano Héctor Cabrera, quien se dio a conocer con el pasaje titulado: EL PÁJARO CHOGÜÍ, melodía paraguaya que cuenta la leyenda de un indiecito guaraní que se cayó de un árbol al ser llamado por su madre y se convirtió en ave, y su canto responde al nombre de Chogüí. Es una canción tan triste como hermosa. Héctor Cabrera llenó cancioneros con letras de interpretaciones como LA NOVIA, y LLORANDO ME DORMÍ.
De su discografía recuerdo perfectamente un disco con inspiraciones de otro gran músico venezolano: Juan Vicente Torrealba, entre ellas NOCHE MARAVILLOSA, ISABEL y MARINÉS, el lucerito llanero que alumbra en los esteros. Y sería imposible que olvidara temas instrumentales del maestro Torrealba como GOTAS DE AGUA, LA GUAYABA, CARACOLITO y TEREPAIMA, verdaderas obras maestras del folklore latinoamericano.
En este periplo musical venezolano, jamás me perdonaría olvidar a Lila Morillo y ese bellísimo Pasaje que se titula: SERÁN TUS OJOS, que es para mí una de las melodías predilectas. Ya se preguntarán los venezolanos que están leyendo, dónde dejar ALMA LLANERA de Pedro Elías Gutiérrez. Esa melodía es, sencillamente, una prolongación del paisaje natural venezolano, de sus llanos. Cada vez que la escucho me sugiere ir montado a caballo corriendo a todo galope en franco duelo con el viento para robarles un poco de su tenue aroma a las flores de Maravilla.
Reconozco que Venezuela tiene muchos más géneros musicales; es un país de riqueza extraordinaria, pues ha tenido la suerte de contar con los componentes indígena y africano, unidos al legado de España. Es tierra de bailadores, como lo es de ensueños cuando las cuerdas de su Rondalla nos hacen vibrar de emoción. Varias veces el inolvidable intérprete cubano Barbarito Diez grabó con La Rondalla Venezolana, y a menudo degusto esa música que tanto me motiva y entusiasma. Así me deleito con piezas como MANANTIAL y LUNA DE MARGARITA.
Tiene algo esa tierra que hechiza, cuando el dominicano Billo Frómeta llegó allí para quedarse y ser uno más de ellos, el autor de ARROLLITO DE MI PUEBLO, entre otras creaciones.
Parecería imposible que alguien se haya resistido a bailar con los compases del antológico CABALLO VIEJO, de Simón Díaz, y del que Barbarito Diez hizo una formidable interpretación.
Son numerosos los recuerdos y las ideas que me asaltan la memoria al hablar de tan bello país, cuna de próceres y fértil terreno para la inspiración, no sólo en música, sino en Literatura; porque la naturaleza venezolana motivó a Rómulo Gallegos novelas tan representativas y descollantes como DOÑA BÁRBARA, CANAIMA y CANTACLARO.

Concluyo esta remembranza mencionando el nombre de quien fue reconocido Fundador de la Música Venezolana, al decir del eminente Andrés Bello; me refiero a Pedro Palacios y Sojo, un sacerdote que vivió entre 1739 y 1799. Lo más interesante es que no sabía tocar ningún instrumento y mucho menos llegó a componer, pero gracias a sus buenos oficios la música de Venezuela comenzó a desarrollarse, en buena parte debido al entusiasmo con que Palacios promovió actividades musicales, dentro y fuera de las iglesias.

Coetáneo suyo lo fue también Juan José Landaeta, éste sí compositor y autor del himno nacional de Venezuela: GLORIA AL BRAVO PUEBLO. Landaeta nació en 1780 en Caracas y fue ejecutado por los españoles en Cumaná, por participar en la gesta emancipadora.

Para resumir, en nuestros días la Llanera, el Joropo y el Arpa han devenido símbolos de la identidad venezolana y poseen peculiaridades que las distinguen entre las numerosas manifestaciones de la música universal.

Concluyo con un verso que se recita en el joropo VEN ACÁ, popularizado por Mario Suárez y que dice así:

Toma mi pareja, Mario
Y no me hagas quedar mal,
Que aquí estoy al pie del arpa
Para verte escobillear.
¡Júa, así! ¡Júa, así! ¡Júa, así!
Y yo también voy a bailar
Hasta acabar con la suela
Con arpa, cuatro y maraca,
Música de Venezuela.

El Nopal: símbolo de la identidad mexicana

El Nopal: símbolo de la identidad mexicana

Todos los interesados en la cultura mexicana conocemos la trascendencia del nopal como parte de su identidad. En la propia bandera  de México, igual que en su escudo, aparece un águila posada sobre un nopal, al tiempo que muerde a una serpiente.
Un domingo asistí a la festividad popular durangueña conocida como La Callejoneada, la cual empieza con un desfile cuyo punto de partida son las confluencias de la avenida 20 de Noviembre y la calle Independencia. Allí mismo puede verse el símbolo del águila sobre el nopal con la serpiente, y eso sirvió de motivación para escribir estas líneas.
El nopal forma parte del paisaje mexicano y constituye objeto de culto; ciertamente ha sido para ellos una planta sagrada. El simbolismo original data de la fundación de la antigua ciudad de Tenochtitlan, hasta transformarse en elemento que identifica a toda la nación.
Esa esencialidad de la planta que además se conoce como tuna, posee alrededor de sesenta variedades, algunas, tal vez la mayoría, aún desconocidas. La más popular es la que denominan nopal-verdura, de la que se preparan los populares nopalitos, que tantas aplicaciones tienen dentro del arte culinario según cada región.
Hasta existe un Recetario del nopal de Milpa Alta, el Distrito Federal y Colima, que publicara recientemente la Dirección General de Culturas Populares del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). Es toda una colección de recetas de la cocina indígena y popular, donde expertos y curiosos pueden darse gusto probando suertes al paladar.
En el mencionado Recetario se describe el desarrollo de los cultivos de nopal desde antes de la llegada de los conquistadores hasta nuestros días, cuando su producción abarca procesos industriales para el envase y la conservación.
Hay diversas maneras de preparar el nopal, lo mismo se comercializa crudo que en escabeche y hasta como dulce cristalizado.
Entre los más apreciados están los nopales que producen tuna, pues resultan útiles para el cultivo de grana de carmín, que es un colorante no tóxico empleados tanto en comestibles como es cosméticos.
El jugo de nopal puede aprovecharse  en la preparación de quesos o mermeladas. Los nopales se cristalizan en azúcar; los jugos de la tuna se someten a fermentación, y con ellos se elabora una bebida tradicional llamada colonche.
Por si fuera poco, los nopales sirven de forraje, y también como ingredientes en la producción de jabones, cápsulas con fibra o procesados en escabeche y mermeladas. Para su venta enlatada los deshidratan, lo mismo enchilados que escarchados con sal o azúcar.
Con todo lo dicho, me parece que resulta bien lógico considerar al nopal como un auténtico símbolo de la identidad mexicana.