Blogia

Cuba Latino

El gigante de la tarde

El gigante de la tarde

Por las tardes de lunes a sábado, y cuando dan las 4 en punto, las ondas hertzianas de la radio en Cienfuegos, emiten un sonido muy popular. Es el tema que señala el comienzo de una nueva audición del “Siete Mil Musical”, título que hace alusión a uno de los números telefónicos (7000 y 7001) mediante el cual los radioyentes se comunican con su programa favorito.
Llamado también el “Gigante de la Tarde” – por su duración de casi dos horas y por la enorme audiencia, el “Siete Mil Musical”, desde hace tres décadas exactamente se roba la atención y el cariño de una multitud de personas que, lo mismo en Cienfuegos que en Villa Clara, Matanzas y parte de Sancti Spiritus aprovechan la ocasión para comunicarse por la vía telefónica, escribir por correo postal o electrónico y ¡claro que sí!, asediar a sus conductores habituales para darles notas con reportes de audición y manifestarles cuanto les admiran.
El “Siete Mil Musical” salió al aire por primera vez el martes primero de julio de 1980, justo cuando comenzaba la programación radial de verano en aquella jornada. Faltaba poco más de dos meses para el vuelo espacial conjunto Cubano-Soviético, y para la fecha el querido y seguido espacio se hizo eco del acontecimiento tan pronto aconteció.
Para quienes no hayan tenido la suerte de escucharlo, el “Gigante de la Tarde” empezó con dos horas de duración, desde las 4 hasta las 6 de la tarde. Empezó con una voz masculina y más tarde se incorporó otro locutor; así pasó el tiempo hasta que nuevas generaciones tomaron la antorcha para continuar la exitosa carrera de popularidad que lo convirtió en el programa insignia de la Radio en Cienfuegos. Lo mismo que locutores, también han cambiado sus directores y realizadores de sonido, pero lo que más ha cambiado es su aceptación, siempre con un saldo ascendentemente favorable.
Hoy sus locutores son la carismática María de los Ángeles Inchauspi, quien cursaba estudios de locución cuando apenas nacía el programa; Mary es la sonrisa femenina de la Radio en la Perla del Sur. Le acompaña en la conducción Osvaldo Vega Llorens, quien tiene al quehacer radial como parte inseparable de su existencia. Ese dueto acopla a las mil maravillas y ofrece un apropiado balance tímbrico, rítmico y de diálogos. Desde hace muchos años el diestro Tomás Sarría Díaz – conocido cariñosamente como “el charro” – se ocupa de operar el máster, acompañado de Annia Moya como asesora y de Ileana Vázquez a cargo de la dirección. Hace poco le preguntaba y me comentó Ileana la satisfacción que siente al dirigir el programa; ella le pone todo su esmero, máxime porque sabe de la enorme audiencia que cada tarde los sigue de principio a fin.
El programa tiene actualmente 1 hora y 40 minutos de duración. Su propuesta varía según el día de emisión. Además de la lectura de la correspondencia, los saludos y la atención a las llamadas telefónicas, posee una estructura que lo enriquece al tiempo que mantiene su perfil.
Todos los lunes hay preguntas de participación para los oyentes; martes y sábados están dedicados a los éxitos musicales del recuerdo; cada jueves aparece la sección “Arte Contemporáneo” con la presencia de artistas del territorio que asisten como invitados para comentar de sus creaciones, exposiciones, lanzamientos de libros y actuaciones. Los viernes se “ponen las botas” los enamorados, pues ese día se abre paso la “Romántica Tarde” con poemas leídos por Osvaldo Vega. Cada miércoles aparece la sección “Lo Nuevo”, con estrenos musicales.
El “Siete Mil Musical” es una propuesta que se renueva a diario, gracias en buena medida al colectivo entusiasta que lo hace realidad, así como a la constante comunicación con los radioyentes, lo mismo por sus cartas y llamadas que como resultado de las investigaciones sociales.
No es casual que a cualquier hora, dentro de las 24 de cada día, si alguien llama a los teléfonos de Radio Ciudad del Mar, lo primero que dice es: ¿Siete Mil Musical? Sin dudas, un “gigante de treinta años con botas de oro”.

Luz y color en la sombra visual de Eladio Reyes

Luz y color en la sombra visual de Eladio Reyes

Quienes conocimos a Eladio G. Reyes Arias (San José de los Ramos, Matanzas, 1952  - La Habana, 2009) sabemos cuánto captó con el sentido del alma, tan capaz de apreciar lo que a simple vista se oculta al ser humano común.

Hombre elocuente y de una excentricidad plena de elegancia por su sencillez, Eladio fue además de pintor, fotógrafo, actor, director de teatro, guionista y promotor teatral del barrio habanero de Cayo Hueso, un filósofo. Formado en técnica de fotografía y cine, la ausencia del sentido de la visión le hizo desarrollar a plenitud esa intuición creadora, toda intencional y bien lograda. ¿Cómo explicarse que una persona no vidente captara con su cámara – y con su pincel – realidades sorprendentes con perspectiva que asombra?

Eladio tuvo una vida breve que no fue obstáculo para dejar una obra amplia y diversa, de singular riqueza expresiva, resultado que ejemplifica cuánto son capaces de realizar alma, talento y sentimiento cuando van de la mano al unísono, prestos a recorrer el camino, a veces crudo, pero siempre deseado de la existencia.Acerca de él pudiera y debo escribir en una ocasión próxima, pero no puedo dejar pasar las horas sin referirme a la exposición de sus fotografías y reproducciones de sus cuadros que fueron presentados en el Centro de Arte de Cienfuegos, frente al Parque Martí, el sábado 17 de julio.Allí, para ilustrar y explicar la obra de Eladio, estuvo la siempre bienvenida presencia de la Lic. Soledad Benages Amorós, Presidenta de la Asociación de Cooperación Internacional “Peñagolosa-Escambray”. Soledad es catedrática en su natal Castellón, Valencia, y desde allí viene a frecuentar Cuba, y en particular Cienfuegos, apasionada por el atractivo cultural de la mayor de las Antillas. En uno de esos viajes conoció a Eladio, con quien estableció una gran amistad. El visitó España en dos ocasiones, donde permaneció cinco meses en la segunda ocasión; fue la oportunidad en que se consolidó su relación con la Asociación "Peñagolosa-Escambray". A la luz de su condición de poeta – pues Soledad también lo es – encontró esas dimensiones ignotas del hombre que es capaz de hacer poesía con el pincel y la cámara fotográfica igual que con el verso, pues en definitiva, ¿qué es la poesía, sino un canto del alma que no necesita ojos para ver lo que el corazón muestra?
Por eso la obra de Eladio confirma  su filosofía poética cuando una vez expresó: “En fin, olvida si veo o no veo. Recuerda qué hago, y que minusválidos somos todos”. Afirmación cierta cuando quienes tenemos el don de la visión física no sabemos apreciar los diarios amaneceres, las flores que en su colorido engalanan los campos ni los matices de la noche.
La exposición “Raíz y Esencia” que toma su nombre a partir del poemario escrito por Eladio y publicado por la Asociación en el 2009, contiene, además, retratos de Eladio tomados por la Lic. Soledad Benages pocos años antes del deceso del artista.
Este encuentro tuvo como invitados especiales a miembros de la Asociación Nacional de Ciegos y Débiles Visuales (ANCI) en Cienfuegos, quienes por primera vez disfrutaron de una exposición plástica explicada en Braille por el también ciego - valenciano -  Ximo González, amigo personal del artista. Todo culminó con una emotiva velada poético-musical y, lo más importante es que abrió nuevos caminos en la colaboración entre culturas tan cercanas como las de Cuba y España. El acontecimiento marcó una nueva perspectiva de colaboración entre la ANCI y el Consejo de las Artes Plásticas de la Perla del Sur para emprender proyectos conjuntos de exposiciones explicadas en Braille.

Bueno para Radialistas

Bueno para Radialistas

Hace poco publiqué en el Portal de la Radio Cubana (www.radiocubana.cu) del cual soy colaborador, y luego aquí en mi Blog, un trabajo titulado “Aprendices de Todo”. En el mismo me referí a lo prioritaria que resulta la superación autodidacta para todos los que hacemos radio, desde el personal técnico-artístico, lo mismo que asesores, periodistas, locutores y directores de programas porque, a fin de cuentas, los programas son un producto colectivo, – fruto de individualidades – sumatoria de talentos y voluntades que mancomunadamente ofrecen un producto común y armónico.
Con el propósito de ser consecuente con lo planteado aquella vez, me doy a la tarea de – cada vez que haya ocasión – sugerir buenas lecturas que coadyuven al ideal de superación. Eso justifica y legitima la aparición de este trabajo “Bueno para Radialistas”. Ahora les comento de un libro que, sin hablar de radio, es una fuente importantísima para todos nosotros. Hace poco más de un mes pasé por la librería y, apenas hojearlo y ojearlo – me percaté de lo útil que me sería; por eso quisiera invitarles a que también lo lean.
La Editorial Científico Técnica del Instituto Cubano del Libro publicó en el 2009 el libro Historia Popular de la Ciencia, del estadounidense Clifford D. Conner, historiador y catedrático nacido en Nashville, Teneessee, que reside actualmente en Nueva York. Lo primero que me sugirió el título del libro, es que se trata de una historia cronológica de los descubrimientos científicos, contada de modo accesible para individuos de cualquier nivel de escolaridad. Ese fue mi único gran error. Tan pronto comencé a leer el Prólogo que el mismo autor hizo para la edición cubana de su obra, entendí que el contenido nada tenía que ver con mi suposición aunque, a decir verdad, está escrito para que se logre una fácil comprensión.
En el referido Prólogo el autor toma un fragmento de palabras de Fidel cuando dijo: “…hay cientos de miles de científicos. Hasta el individuo que fabrica las pequeñas piezas y busca soluciones es un científico y un tipo de investigador ”. (1) Fidel se anticipó 13 años a la esencia del libro del doctor Clifford, y es que “Historia Popular de la Ciencia” propuso y consiguió echar por tierra los rígidos criterios elitistas acerca del desarrollo científico alcanzado por la Humanidad a través de los siglos.
El autor expone con abundantes ejemplos como fuerzas y manos humanas de la cotidianidad han dado pautas a numerosos descubrimientos e innovaciones, luego atribuidas únicamente a personajes hoy considerados íconos de la ciencia. Clifford reivindica con creces a las fuerzas productivas sencillas, las mismas que llegaron con su duro quehacer al encuentro con fenómenos más tarde reestudiados e investidos de argumentación teórica. ¡Y eso es importante! Los radialistas, periodistas y comunicadores trabajamos con las verdades y,   para ser más exactos y objetivos, debemos partir de los presupuestos más sólidos. Es como rectificar la brújula de las conceptualizaciones; es también ver y enunciar un mismo fenómeno arrojando una nueva luz más esclarecedora.
En “Historia Popular de la Ciencia” se reivindican las fuerzas de la intuición como las más antiguas parteras del conocimiento. Resuelve el viejo dilema que ponía a la ciencia por encima de la tecnología, como si fuese una categoría superior cuando, en la realidad, ambas se complementan. En el encuentro diario con la realidad, la praxis va al encuentro de lo cierto que, después, se encierra en postulados, teorías y leyes: Primero la obra; luego cómo explicarla. “ El trabajo manual primeramente descubrió aspectos de la naturaleza sobre los que más adelante se elaboraron las filosofías, y durante siglos ha continuado siendo la fuente primaria del conocimiento de la naturaleza”. (2)
Esta es una obra de indiscutible dimensión revolucionaria, ya que plantea una nueva perspectiva del conocimiento, muy alejada de lo acostumbrado. Saca al devenir científico de sus viejas cúpulas y lo ubica en un espacio pragmático-natural. Al tiempo de ser una lectura agradable que absorbe, constituye el replanteamiento argumentado y profundo de antiguos conflictos, lo que hace con una óptica renovadora. “Otro rasgo ideológico del desprecio de los intelectuales por el trabajo manual es la difundida idea de que la ciencia es inconfundiblemente diferente y sustituye a la tecnología en importancia histórica”. (3)
Los radialistas que cada día acometemos la labor de explicarnos – y explicar – el mundo y todo lo que nos rodea, podemos encontrar en este libro muchas respuestas. A la par de su pródiga riqueza narrativa, “Historia Popular de la Ciencia” planta firme en nuevos conceptos de interpretación y método ciertamente válidos, que incitan al ejercicio del pensamiento. Es una propuesta de la cual se tiene derecho a discrepar, pero no a dejar de conocerla. Los radialistas, profesionales apasionados y comprometidos, estamos llamados también a ese conocimiento.

Notas:
(1) Castro Ruz, Fidel. Discurso por el Día de la Ciencia. 15 de enero de 1992.
(2) Clifford D. Conner – Historia Popular de la Ciencia, Editorial Científico-Técnica, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1999, pág. 10
(3) Ídem. Pág. 10

Fray Bartolomé de las Casas: El hombre y la historia.

Fray Bartolomé de las Casas: El hombre y la historia.

La calle Gloria es una vía muy transitada en Cienfuegos. Constituye una de las principales arterias de acceso dentro de la Perla del Sur, y destino obligado para quienes viajan porque en ella se encuentran, una junto a la otra, las terminales de ferrocarriles y de ómnibus. Frente a la Terminal de Trenes hay un parque muy pequeño donde la gente descansa de su andar o, simplemente, aprovechan la brisa que proviene del mar, a dos escasos kilómetros. Se suma lo pintoresco del lugar que, en plena ciudad, tiene árboles cercanos.   
Puede que muchos no hayan pensado en lo que representa ese parque diminuto, fundado en 1946, según reza una tarja que hay allí. En su centro está la efigie de un fraile español oriundo de Sevilla, quien consagró gran parte de su vida a la defensa de los primitivos habitantes de estas tierras de América Latina y el Caribe. Pese a su escasa dimensión, es el Parque Fray Bartolomé de las Casas, erigido como un modesto homenaje a quien llegó a ser uno de los primeros luchadores por los derechos civiles en las tierras de las otrora llamadas Indias Occidentales.
En su amplia biografía se cuenta que embarcó en 1502 con este destino junto a su padre y a un tío a la edad de dieciocho años, cuando todavía no era cura. Lo trajo el ansia de aventura y fortuna y se estableció temporalmente en La Española. Cinco años más tarde regresó a España, a fin de prepararse para el sacerdocio; poco después, en 1512, se unió a los hombres de Diego Velázquez para conquistar la isla de Cuba. En aquella misión vino como capellán.  
Según me contó el arqueólogo cienfueguero Marcos Rodríguez Matamoros, alrededor del año 1514, Las Casas recibió una Encomienda, es decir, una asignación de tierra y de aborígenes en la Loma del Convento, cerca de la desembocadura del río Arimao, en las proximidades de la actual ciudad de Cienfuegos. La Encomienda le había sido entregada por orden de Diego Velázquez, y fue recibida por las Casas y Pedro de Rentería.
Gracias a los hallazgos arqueológicos del grupo de investigadores encabezados por el Lic. Rodríguez Matamoros, a finales de la década de los 80 del siglo veinte, se tiene el testimonio de la presencia en nuestra antigua Comarca de Jagua de uno de los procesos de la transculturación entre aborígenes y españoles en Cuba. En el sitio de la Encomienda se realizaron excavaciones que dan fe de la presencia hispana, así como varios objetos españoles transformados por los aborígenes, denotando su carácter de sincretismo. Los testimonios arqueológicos confirman así los escritos del Padre Las Casas sobre su presencia en Cuba y, particularmente, en la Comarca de Jagua. Otra coincidencia lo es la presencia en la Loma del Convento de objetos de marinería, lo que concuerda con los conocimientos que Las Casas tenía sobre navegación.  
El tiempo y las circunstancias llevaron al fraile dominico a andar por tierras de la América Central y del Sur, hasta que se estableció en México donde llegara a ser Obispo de Chiapas en 1544.  
Desde antes fueron muchas las denuncias ante la corte española que hiciera las Casas para condenar la esclavitud y el maltrato sufrido por los indígenas de América a manos de los conquistadores. La historia recoge Tratados suyos como: “Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias”, la “Historia de las Indias” y “Apologética historia sumaria”, todo un Tratado de antropología comparada en el cual puso en claro las virtudes de los habitantes del Nuevo Continente. Sus continuos esfuerzos lograron poner fin, aunque tarde, a la injusta esclavización de los naturales de América; triste fue lo que siguió cuando en sustitución se trajeron los naturales del África del Centro y Austral, quienes fueron sometidos a la más cruel servidumbre y desarraigo conocidos por la historia.
A pesar de tantos esfuerzos, en 1558 los dominicos que trabajaban en la Vera Paz en Guatemala reconocieron la necesidad de aceptar el uso de las armas para someter a los indios lacandones y de Puchutla. Aquella actitud, tan contraria a sus preceptos, fue seguida un año más tarde por los enfrentamientos en Tezuzutlán, algo que hizo fracasar una noble idea a la que tanto se dedicó.
José Martí no dejó de mencionar cuanto hizo Fray Bartolomé de las Casas en defensa de los indios y, como queriendo dejar su impronta en las nuevas generaciones, escribió sobre Las Casas en la revista para niños “La Edad de Oro”. Textualmente escribió el Apóstol en su tercer número: “No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre las Casas, porque con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era hermoso verlo escribir, con su túnica blanca, sentado en su sillón de tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escribía de prisa”.
Al pasar por el parquecito de la Terminal de Ferrocarriles pienso en tantos siglos transcurridos; en la suerte de que tan relevante figura haya estado parte de su vida en zonas aledañas a la actual ciudad de Cienfuegos, y no queda más que sentir por su obra respeto y admiración.

Vieja locomotora de vapor

Vieja locomotora de vapor

De chamaco los trenes me apasionaban. ¿A qué muchacho de otrora no? Como soñar no cuesta nada – al menos eso, ¡qué suerte! – en mi párvula imaginación afloraba el deseo de tener algún día un tren y meterme en la locomotora, hacerla funcionar y ver cómo poco a poco, lenta y aplastante se desplazaba por encima de los rieles arrastrando consigo una cordillera rodante de hierros y tablas convertidos en vagones. ¡Qué maravilla!
Cada vez que mi viejo tenía una oportunidad me llevaba a la Estación, al doblar de la casa, como se le llamaba de los años 50s para atrás a las terminales de ferrocarriles; al menos se le llamaba así a la de Cienfuegos, todavía ubicada hoy en la calle Gloria entre Santa Cruz y Santa Elena, y precedida por el pintoresco y pequeñísimo parque que porta al centro un busto de fray Bartolomé de las Casas. Allí, en la Estación, iba con mi maquinita y mi padre me impulsaba para lanzarme hacia el terreno a través de una pequeña rampa de concreto que pone fin al andén.
La vieja Estación era el sitio idílico para ir a bailar trompos, jugar a la pelota, empinar catanas (papalotes) y corretear. Allí viví miles de momentos infantiles que para mi fortuna se me pegaron a la memoria como una película que no pierde colores.
De todos los encantos de la Estación, lo más apasionante para mí eran las locomotoras. Aquel ruido sordo de las viejas máquinas de vapor, alimentadas por carbón de piedra, el olor de la combustión natural y su marcha acompasada me resultaba atractivo, más que las otras petroleras y eléctricas que empezaron a aparecer, fruto de los cambios necesarios y lógicos impuestos por la modernidad.
¡Caramba, qué ganas de pasear en aquel tren! Llegaba a las diez de la noche procedente de La Habana, y mis amiguitos del barrio y yo salíamos corriendo a oír su pito de gigante de siete leguas. Después salía a dar el corte, cuando dejaba los carros, le cambiaban el chucho y retrocedía hasta Pueblo Griffo para hacer un giro “mágico” para mí que la pondría luego proa a La Habana, lista para su partida al otro día temprano en la mañana.
El papá de Andresito, uno de mis vecinos coetáneos, se había jubilado de los ferrocarriles, lo mismo que un señor que vivía enfrente de nosotros y, conocedor de mi pasión por los trenes, me obsequiaba un ejemplas de la revista “Ferrovías” cada vez que se publicaba.
Un día Andresito y yo le dijimos a su papá que nos gustaría montarnos en una de aquellas locomotoras, y él no dijo nada hasta que, de pronto, dobló desde la calle Gloria hacia Santa Elena un hombrón viejo, mulato “frijol colorado” vestido de traje ferroviario con su sombrero, todo de azul claro y una voz que para mí se la había robado al pito de la locomotora. Para colmo, llevaba un andar lento y encorvado, caminando como un elefante, y por si me pareciera poco cuando la mamá de Andresito lo saludó le dijo a su esposo: - “Mira, fulano, por ahí viene Canelón” –
¿Canelón? – me decía a mis adentros. – Los fósforos, si parece un ogro. – A decir verdad, no sé si la locomotora era parte suya o él parte de la locomotora; lo cierto es que parecían haber nacido el uno para la otra.
Me mandé a correr y Andresito iba conmigo como si hubiésemos visto al mismísimo diablo. Aquel señor, todo un buenazo, se reía de nuestro miedo, pero seguía avanzando. Por mi madre, que ya me parecía que la locomotora se había “humanizado” transformándose en aquel hombre y, salida de la línea, venía a secuestrarme. ¡Qué susto, cará’?
Entre una cosa y otra, nosotros escondidos, el papá de Andresito le comentó que queríamos montar el tren.
-¡Pues mira, aprovecha ahora que en diez minutos le van a dar el corte y dales el paseo a los muchachos!
Como si no nos hubiese visto, el maquinista Canelón siguió con su paso lento hasta que se alejó de nosotros. Mis padres le dieron el permiso al papá de Andresito para que fuera con ellos a dar el corte, y así lo hicimos. ¡Vaya, pero qué mentecato era yo! Cierto que solamente contaba seis años, pero hoy pocos muchachos se portan así.
Nada más arrancar la locomotora – íbamos en un vagón de viajeros – empecé con una perreta a extrañar a mis padres que, al parecer, pensaba que jamás volvería a verlos. ¿En tren hasta Pueblo Griffo? ¡Aquello era como embarcarse para China! Tanto rabieteo que hubo que parar la máquina y bajarnos en el cruce de Santa Elena y Holguín para virar a pie cinco cuadras.
-Chico, ¿tú no querías montar en tren? – me increpaba mi papá, mientras mi madre, siempre suavizando la situación, dejaba que me acurrucara entre sus brazos.
Ahora al cabo del tiempo no queda más que reírse de aquello y, cierto, caer en la cuenta del buen paseíto que me perdí.
Lo que sí mantengo en mi mente con orgullo es mi párvula pasión por las locomotoras de vapor. Nadie habrá de negar que cautivan.

La palabra hablada, tan viva como un manantial

La palabra hablada, tan viva como un manantial

En el lenguaje escrito, quien lo emite denota la pulcritud y estilo por su formación académica. En el caso del lenguaje hablado ocurre lo mismo, máxime si quien pronuncia el discurso lo hace como profesional de los llamados medios de comunicación – entiéndanse Radio y Televisión – donde siempre deben imponerse los conceptos éticos y estéticos socialmente aceptados.
Hecho llamativo es que muchas veces en el caso de la palabra hablada, si bien revela esa “excelencia” expresiva, no siempre consigue la debida empatía de quienes la escuchan.
Es triste – más aún decepcionante – cuando los excesivos cuidados, que yo calificaría de cuasi compulsivos en lo que respecta a dicción, modulación y uso de vocablos, en lugar de lograr esa “complicidad” afectiva con interlocutores y radioescuchas más parece un bumerán que solamente “¿sirve?” para satisfacción de esos raros especímenes que se complacen entre sí con sus “yo me lo sé todo”; “qué clase de inteligencia”; “qué bien se te oyó” – esto sobre todo entre colegas de una misma profesión – aunque el destinatario, tal vez deslumbrado por la verborrea, se quede en blanco.
Lo primero que se me ocurre comentar es que el lenguaje, ante todo – y por encima de otros el nuestro, el castellano – es de una riqueza tal que los pueblos que lo hablan son capaces de acomodarlo y hacerlo más inteligible a partir de sus propias vivencias personales, sociales, y de sus realidades.
Pongo como ejemplo que tiene a lo culterano, tal vez demasiado extremo, que deseamos manifestar el placer sentido porque alguien nos escuchó; en ese caso tendríamos que decir: “me plugo su sintonía”.
Frases así, menos que cultura son expresiones que de tan supuestamente elevadas, caen en el ámbito pernicioso de la cursilería.
Estoy de acuerdo con el uso de los diccionarios de sinónimos y antónimos, con los de verbos, es importante conocer todas las conjugaciones, más ¡cuidado!, hay que ser cada día más cultos, pero también debemos estar más identificados con las expresiones que sin ser las exactas – tampoco disparatadas, por supuesto – no son necesariamente las aclichesadas por trasnochados academicismos de mala muerte.
Nada tan importante en la palabra hablada como la naturalidad, la fluidez, esa posibilidad que nuestro idioma, por su esencial riqueza, nos ofrece de amalgamarlo, de enseñorearnos con su plasticidad cual verdaderos artesanos de la lengua.
El academicismo ¡vale!, pero recordemos que junto con eso van de la mano expresiones y argots particulares de cada comunidad, pueblo y nación. Gracias a eso el castellano, nuestra lengua materna, lo hablan a su propio modo españoles, mexicanos, argentinos, venezolanos, cada país sin exclusión y nosotros mismos los cubanos. Y por eso, si se habla correctamente aún incorporando sus expresiones vivas y autóctonas, no deja de ser un idioma bien hablado.
Los lenguajes pretendidamente “asépticos” como el H2O en su estado puro, pierden su encanto. El agua que nutre, beneficia y cura corre veloz por ríos y cascadas, la misma que brota limpia y potente desde el fondo de la tierra. De ahí su encanto, frescura y belleza. Esa máxima pudiera resultar saludable para todos los que de alguna manera se enfrentan ante las cámaras y los micrófonos.

Escuela de locutores en Cienfuegos

Escuela de locutores en Cienfuegos

-¡Discúlpame un momentico, Alfonso! Compañera, no tenga pena en hojear algún libro que le interese, mírelo aunque no vaya a comprarlo, hágalo con toda confianza.
Así o parecido es lo que le oigo decir a mi buen amigo Gabriel López, que ubicado en un local de la ferretería La Escuadra, en la Perla del Sur, se dedica a la venta de libros usados. Es lógico que al leer se pregunten a qué viene esta historia del librero del bulevar cienfueguero con la radio, y a priori tendrían razón si no aclaro de quién se trata.
Gabriel es un actor retirado del Centro Dramático de Cienfuegos, pero no es todo ya que además fue uno de sus fundadores. Evoca con cariño cuando sus maestros argentinos, un matrimonio conocido como los Panelo, debido al apellido del esposo, lo instruyeron a él y a muchas glorias pasadas y actuales del teatro en la ciudad, en dramaturgia y otras técnicas. Para Gabriel fueron los tiempos de aprenderse a Stanislavski y a Bertolt Brecht, con sus respectivas Escuelas de actuación. Lo otro igualmente interesante de la historia es que Gabriel, antes de entregarse en vida al arte escénico, tuvo la radio como su primera gran pasión.
Cada vez que voy para el centro histórico cienfueguero, como decimos acá “voy allá arriba” – y nada tiene que ver con subir una loma, pues el bulevar está bien en el llano – le hago una visita a Gabriel, hombre afectuoso y conversador; visitas que – confieso – a veces he evadido porque la prisa no me permite disfrutar de su plática entusiasta y prolongada, y cuando él empieza a hablar se me hace muy difícil encontrar una buena transición – hablando ya en el argot de la radio – para decirle el manido “hasta la próxima” y continuar mi camino.
Esa pasión por la radio que sintió Gabriel de adolescente se le grabó en la memoria con tanta vehemencia como cariño. Cierto que lo que más se ama es lo que mejor se recuerda. Las cosas llegaron tan lejos que Gabriel empezó a estudiar locución en una Escuela sostenida con medios propios.
-Aquella Escuela funcionaba en Prado y Santa Cruz, donde estuvo la Escuela Normal de Kindergarten y años más tarde el restaurante “El Mandarín”, ¿te acuerdas?, frente por frente al antiguo Liceo que hoy es la Biblioteca Provincial “Roberto García Valdés”.
Esa fue la primera información que me dio Gabriel. Casi siempre me repite la historia con similares detalles…
-Éramos un grupo de jóvenes y queríamos ser locutores. Y fíjate que no había convocatorias para eso, además, se pagaba muy poco, pero queríamos hacerlo por amor a la profesión. En el año 1960 se nos apareció un guajirito que venía de Los Arabos en la provincia de Matanzas, un muchacho delgadito, humilde, pero con una fortuna en su corazón por los deseos de superarse y llegar a hacerse locutor. Traía consigo, como su única riqueza, ese afán. Hacía poco del triunfo de la Revolución, apenas un año, y empezaron a verse las nuevas posibilidades. Aquel guajirito humilde es hoy mi entrañable amigo el locutor Humberto Albanés.
Cuando Albanés llegó a Cienfuegos, me ha contado él mismo y lo corrobora Gabriel, la Escuela de Locutores de Cienfuegos ya llevaba algún tiempo. Después, cuando Gabriel menciona a los profesores no puedo menos que junto con él pensar en muchos que hoy son personalidades reconocidas, así como otros que ya no están físicamente entre nosotros. El que escribe, por aquella fecha contaba apenas nueve años de edad, pero el tiempo me dio la posibilidad de alcanzar a conocerlos y establecer amistad con varios de ellos.
-Recuerdo que comenzamos en 1959. Se le puso el nombre de Escuela de Locutores “Miguel Buendía”. Si te digo quién era el Presidente de la Asociación de Alumnos… sí, porque teníamos nuestra asociación y todo… ¡Juan Varela Pérez! Su hermano Manuel, quien también fue alumno, a su vez impartía clases de Psicología. Te puedo mencionar muchos de nuestros maestros... El profesor Carlos Gárate, que era catedrático del entonces Instituto de Segunda Enseñanza; la profesora Dolores (Loli) Dorticós, que impartía Español; Carlos de la Paz nos daba Técnica y Práctica; Humberto Duarte se ocupaba de las clases de Improvisación; Ernesto Cuartero impartía Geografía; Eddy López, locutor de la entonces Radio Tiempo daba clases de Dicción y de Inglés. También fueron profesores nuestros los locutores ya fallecidos Félix Puerto Muñiz, Felipe Lanier Medina y Antonio Mirete.
Es lógico que sin practicar sea imposible ser locutor, y esa duda también Gabriel la esclareció.
-Claro que practicábamos. En 1959, al lado de la cafetería “El Palais”, donde ahora está la heladería Coppelia de Prado y Argüelles, allí estuvo Radio Cienfuegos. En aquellos años en Cienfuegos hubo varias emisoras, bueno, esa que ya mencioné, y Radio Tiempo, La Onda de la Música y Radio Popular. Pero volviendo a lo que te decía, Radio Cienfuegos se convirtió al triunfar la Revolución en La Voz del INRA, del Instituto Nacional de la Reforma Agraria, y empezaron a crearse programas acorde con la nueva realidad histórica de nuestro país, el proceso revolucionario. Nosotros hicimos prácticas, casi todos, en un programa que se llamó “Jóvenes Alertas AJR”, es decir, de la Asociación de Jóvenes Rebeldes. Y también tuvimos nuestro programa propio: “La Voz de la Escuela de Locutores Miguel Buendía de Cienfuegos”. Un nombre largo, poco radial, cierto, pero ese fue el nombre que le pusimos. Acuérdate que eso fue hace medio siglo. Lo que sí te digo es que fuimos muy apoyados, y en todos nosotros había entusiasmo y responsabilidad.  
Y ¿para hacerse locutores, quiero decirte, para ser reconocidos y poder ejercer la profesión?
-En aquellos años se otorgaban licencias para la locución, no existía todavía el sistema de evaluaciones. Desde antaño y hasta que se creó el Instituto Cubano de Radiodifusión, hoy ICRT porque abarca la televisión, las licencias eran emitidas por el Ministerio de Comunicaciones. Quien primero obtuvo una de esas licencias al concluir sus estudios en la Escuela de Cienfuegos, fue una joven llamada Ana Temprano. Y los últimos en recibir la licencia fueron Sergio Farray, ya fallecido, y nuestro común amigo Humberto Albanés. De Farray sabes que primero se dedicó a la animación de espectáculos, estuvo mucho tiempo trabajando para el Show del Hotel Jagua y después regresó a la radio; estuvo un tiempo acá, luego fue para Radio Cadena Habana y, finalmente, regresó a Cienfuegos hasta que se produjo su lamentable pérdida, un profesional todavía en sus plenas facultades. De todos los alumnos de la Escuela de Locutores “Miguel Buendía” el único que ejerce la locución es Albanés. Y están los hermanos Varela, Juan que es conductor radial y periodista, y Manolo que es corresponsal de Radio Progreso en Cienfuegos. Todos ellos con una trayectoria tremenda, profesionales en todo el sentido de la palabra.
Cada vez que nos encontramos y hacemos nuestras mini-tertulias, Gabriel no deja de repetir lo feliz que se siente por haber sido alumno de aquella escuela de locutores, aunque luego siguió otro camino, incluso dentro del arte.
-La radio me sigue gustando, para qué voy a negártelo. En el teatro me fue bien, muy bien, con los Panelo aprendí mucho y aprendí también de muchos otros compañeros y compañeras míos, incluso colegas de trabajo porque siempre hay algo por conocer. Pero en mi caso la radio sigue siendo algo especial. Hoy me rodeo de libros, ya retirado esto me distrae, y si me piden que haga algo en teatro o en televisión – como si me lo pidieran en la radio – lo haría con todo gusto. Y te repito: la radio sigue siendo algo especial para mí aunque nunca llegué a ejercerla como profesión. También me siento orgulloso por haber sido uno de los alumnos de la Escuela de Locutores “Miguel Buendía”. Eso me satisface como quizás nadie se lo imagine.

Fenomenología de la Comunicación

Fenomenología de la Comunicación

Hoy se comenta y estudia acerca de la comunicación organizacional, entendida esta como el proceso que tiene lugar dentro de las instituciones por factores grupales que, a su vez, elaboran un proyecto comunicativo ¿unitario? que identifica a las organizaciones a las cuales responden. La profundización en las premisas que accionan esos mecanismos resulta de envergadura para la formulación de tácticas y estrategias en el terreno, pero un análisis científico bien a fondo, reclama también el estudio de los entes que reciben, procesan y reelaboran las informaciones individualmente y luego las proyectan como un nuevo producto.
En la comunicación – sea interpersonal o a través de los canales tecnológicos – la información es su materia prima. Un individuo comunica a los demás “su” información, quienes, a su vez, también comunican a otros “sus” propias informaciones que, aunque tal vez parecidas, no son necesariamente iguales a las que les dieron origen. Pudiéramos entender la comunicación como el intercambio, traspaso, simbiosis e hibridación de productos comunicativos de índole diversa, los cuales se entrelazan y dan como resultado otros más en una reproducción geométrica.
La comunicación en su aspecto visible se estudia desde hace mucho, pero considero que para una mayor efectividad esta ciencia requiere la incorporación más comprometida de otras disciplinas. Esta ciencia reclama desde análisis estadístico-matemáticos de comportamientos hasta valoraciones históricas, sociológicas y antropológicas. ¿Por qué no también biológicas? Intentaré explicarme.
El hecho fenomenológico de la comunicación se fundamenta en su dialéctica interna. Cada individuo posee una personalidad, la cual se rige por patrones predeterminados por la educación, creencias, prejuicios, estereotipos, tradición y costumbres y experiencias que se remontan al vientre materno. Elementos similares no diseñan personalidades idénticas. Se requiere, entonces, del estudio antropológico en toda su extensión para concluir cuáles son los condicionamientos que más peso ejercen en la formación de la personalidad. A partir de ahí pudiera explicarse cuáles productos comunicacionales (entendido como información facturada de un modo determinado) son los que empatizan mejor con cada individuo o grupo de ellos.
Un proceso evidente – y a tomar muy en serio – es la intracomunicación, no vista solamente como el desarrollo de la comunicación interna grupal, sino a escala personal en el ámbito de la psique y la bioquímica. Toda la información que emite y recibe cada individuo pasa por los filtros de la percepción sensorial y, a partir de condicionamientos propios y únicos, se reelabora y transmite a quienes le circundan.
El cuerpo humano concebido holísticamente, es decir, como un todo, se comporta como sistema de sistemas. Hay una interdependencia entre los órganos, lo mismo que a nivel celular y atómico. Las materias primas que mantienen las funciones vitales – cantidad, calidad y variedad de las mismas, desde el aspecto nutricional y la composición química – son condicionantes, en cierto modo, de los procesos de intelección y reelaboración de la información. Entre células, tejidos y órganos tiene lugar un intercambio fluido y constante de información, hay un indiscutible fenómeno intracomunicacional.
El oído humano recibe un estímulo. La cantidad y calidad de las sinapsis se encargan de enviar la información al cerebro el cual, a su vez, devuelve otra información de respuesta al individuo como un todo, quien reacciona – y también acciona – ante cada estímulo. Existe una relación interior a escala microscópica capaz de formular respuestas y acciones. Todo el proceso interno condiciona las acciones proactivas como las reactivas del ser viviente.
Considero que la comunicación es un fenómeno que comienza a nivel celular y se manifiesta holísticamente. La comunicación grupal no sería entonces otra cosa que el intercambio de informaciones elaboradas desde el nivel microscópico hasta la formación biológica altamente organizada, cuyo punto de consumación radica en la parte consciente del cerebro. En palabras más profanas, lo microscópico “sazona” el plato fuerte que es el producto comunicativo.
Parecería mucho escribir, pero lo único que humildemente puedo alegar es que todavía resta mucho por andar en el estudio de esta ciencia. Quizás un día, tarde o temprano, la constitución celular y el factor genético (ADN) den respuesta a los comportamientos contradictorios; a las reacciones antagónicas e inesperadas; a las paradojas del comportamiento de individuos, grupos y comunidades sin que ello pretenda, por principios éticos, manipular esa fenomenología. En muchos casos, aunque programado inconscientemente, el individuo piensa y siente que actúa y decide por sí mismo; son, en cambio, factores de su estructura corporal no inteligente los encargados, en parte, de condicionar sus respuestas.
Factores todos de importancia y a tener en consideración para elaborar informaciones, como productos comunicacionales más efectivos.